La vida es un accidente

El animal es una extensión de su dueño, por lo tanto éste es el responsable de lo que haga aquél

caballo negro

Humberto GUZMÁN

La condición fortuita de los accidentes nos da una lección, que por sabida, no es menos terrible. La fragilidad de la existencia. Un caballo brioso, enorme, negro, reluciente bajo la luz del sol. Un espectáculo. Los asistentes a la comida campirana, en el rancho de una señora que le llamaban “Ale” y de apellido curioso, en Tepotzotlán, Estado de México, gritó, silbó, tomó fotos, éste se puso nervioso. El grupo empezó a alejarse y yo me quedé a un lado de la cerca del corral. El animal estaba a unos veinte-treinta metros. Extrañamente, con lentitud dio la vuelta y caminó en reversa directo a mí. Me atemoricé, pero ignoraba qué iba a hacer. Sus dueños sí lo habrían sabido. Yo no sé nada de caballos. Pensé, éste va a expulsar un pedo o va a defecar en mis zapatos. Di un paso atrás y luego hacia un lado.

¿Por qué no me eché más hacía atrás? En ese momento me aturdió un estruendo en los palos de la cerca, luego vi las herraduras nuevas de las pezuñas del animal a la altura de mis ojos, que iban de retirada. En ese preciso instante me di cuenta de que tenía la mano izquierda en el palo de la cerca. Y la levantaba. Un chorro de sangre escurría de mis dedos. En seguida, aterrorizado, vi que algo colgaba entre la sangre. Vi a uno de mis dedos floreado en la punta. El terror me hizo sentir un dolor no físico sino un dolor en abstracto. La brutalidad del animal era la de lo imponderable. Me dijeron que me invadió una palidez espectral. Sentí que me desvanecía. Alguien me acercó una silla. Pedí agua. La boca se me había secado. Pedí un médico, rápido. Había caído sobre mí un acto injusto, que no pude haber previsto, nunca supe que ese animal iba a soltar una patada y menos contra mí, que me había mantenido al margen.

Yo había salido del “metro” Mixcoac para acompañar a mi amiga a esa comida, de la que no conocía a nadie y ni sabía que tenían caballos ni me interesaba ver alguno. Soy gente de ciudad, me gusta mi ciudad. No soy de esos que hablan mal del D.F., al contrario, estoy orgulloso del D.F., con todo y los problemas de la vida diaria, como el intenso tráfico, las muchedumbres en el Metro, los protestantes en las calles.

El día anterior había pensado en llamar a mi amiga para disculparme. No me llamaba la atención ir a un rancho con gente con la que me imaginaba que no tendría de qué hablar. Pero ella es muy amable, para que te oríes, te la pasas encerrado, nada más leyendo y pensando en la inmortalidad... Nos costó trabajo encontrar el lugar en un Tepotzotlán laberíntico y con calles mal trazadas de terracería. Algo -¿alguien?- me estaba tratando de alejar de allí. Es un error no seguir los llamados desde la interioridad. Se racionaliza demasiado. Mi amiga va a pensar que no voy por simple mamonería. Y allá fui, a mi propio cadalso.

Me convenzo de que la vida es un accidente, nacer es un accidente, o un azar. Lo mismo en unas condiciones que en otras. El destino de cada quien no está “escrito”, o se empieza a escribir cuando uno nace, en determinadas condiciones y no en otras. ¿Qué es un accidente? “Un suceso imprevisto…”, “especialmente el que causa daños a una persona o cosa”. Así fue. Pero hay responsabilidades. Un animal me atacó y no se le puede culpar porque es irracional. Un veterinario me dijo que el animal es una extensión de su dueño, por lo tanto éste es el responsable de lo que haga aquél.

Pero la señora “Ale” ni su marido se dieron por aludidos. Al otro día, ella habló por teléfono a mi amiga para preguntar cómo me había ido, nada más. Pedí que le preguntaran si el animal tenía seguro. Contestó que sí, pero únicamente protege al caballo, no incluye, como los seguros de carros, daños a terceros. Agregó, es que se acercó mucho. ¡Yo estaba fuera del corral! Los otros se habían acercado tanto como yo. Con aquello decía que la culpa la había tenido yo. Actuó como el violador que piensa que la muchacha lo provocó porque llevaba un pantalón demasiado corto y enseñaba las piernas o se contoneaba exhibicionistamente.

No obstante, dicen que México es un Estado de derecho. Todo Estado lo es. Porque sus ciudadanos e instituciones acatan las leyes convenidas. ¿Alguien obedecerá las leyes en México? ¿O es la ley de los animales?