Humberto Guzmán, 50 años de escritor; su obra refleja a México y lo mexicano

 

  • Cree en la libertad absoluta del escritor, literaria e intelectualmente
  • Es un escritor mexicano sui generis nacido en la capital
  • Presenta su nueva obra “El Reflejo de lo Invisible”
  • Es una novela fantástica, gótica, de terror sobrenatural de la ciudad de México y sus fantasmas
  • Este viernes 11 de agosto, a las 19 horas en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, en las calles de Nuevo León 91, esquina Fernando Montes de Oca, Colonia Condesa

 

 

Humberto Guzmán, originario de la Ciudad de México (1948) ofreció larga entrevista con TE, el Diario de las Personas Mayores, a propósito de su nueva novela “El Reflejo de lo Invisible “que presentará este viernes 11 de agosto, a las 19 horas en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, en las calles de Nuevo León 91, esquina Fernando Montes de Oca, Colonia Condesa.

 

Humberto Guzmán tiene media centuria de escritor de novelas (empezó a escribir en 1967); cuentos, artículos, periodismo cultural y profesor de cursos y talleres de creación narrativa. Es autor de unos veinte libros originales en los géneros citados, incluidos en unas 40 antologías nacionales y del extranjero. No pertenece a ninguna “ capilla”.

 

Humberto cree en la libertad absoluta del escritor, literaria e intelectualmente y no quiere tener compromisos ni de literatura, ni de poder literario-cultural, y menos políticos de oposición en especial. “Quiero tener libertad de pensamiento, palabra y obra”, nos ha manifestado en esta entrevista con TE.

 

Algunos de los títulos de otras de sus novelas son las siguientes: “La congregación de los muertos o El enigma de Emerenciano Guzmán” (2013); “Los buscadores de la dicha” (1990, 2004); “Historia fingida” (1982) y “Manuscrito anónimo” (1975). Cuento: “Historias de amantes y otros fantasmas” (2017, Libros del Conde) entre otros cinco libros más; teatro, autobiografía, textos visuales, entre otros.

 

Entre los reconocimientos que ha recibido se encuentran el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero, 2000, por “Los extraños” (PRAGA); Premio Nacional de la Juventud en rama de novela, 1971, por “El sótano blanco”; Premio de Periodismo José Pagés Llergo, 1998, por artículo de fondo; Primer Concurso de Cuento del IPN, 1967, por “La calle”.

Primer premio del concurso “Los cuentos del Ateneo”, Ateneo Español de México, 1987, por “Diario de un hombre común”. Ha sido merecedor de otros cuatro premios nacionales de cuento.

 

Humberto ha sido Becario del Centro Mexicano de Escritores, 1970-71 y del International Writing Program, Universidad de Iowa, E.U., 1986 y ha dado conferencias en universidades de Estados Unidos, Caracas, Ven., Seúl, Corea y casi todo México. Fue Becario del Sistema Nacional de Creadores de Arte 1993-1997 y 1997-2000 y a la fecha da un curso-taller de creación narrativa en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM).

 

Humberto aceptó amablemente responder a las preguntas de TE al cumplir 50 años de escritor.

 

¿Cuál es la propuesta de tu nueva novela “El reflejo de lo invisible”?

 

Es una novela fantástica, gótica, de terror sobrenatural, de la ciudad de México y sus fantasmas. Entre estos fantasmas están los aztecas. Luego tendría que hacer algo, escribir otra novela, con otros fantasmas que son muy importantes y que se les olvidan a los mexicanos, los conquistadores, los españoles. Por lo pronto, la ciudad de México es una protagonista fundamental de “El reflejo de lo invisible”.

 

Esta es una novela de la noche, de la noche de la ciudad y sus noctámbulos. Un corrector de un gran periódico (a lo mejor Excélsior, no se nombra, pero está en Bucareli) que vive en un pequeño departamento de un enorme conjunto habitacional (es idéntico a Plateros, donde yo viví años) y cuyo reflejo en su ventana en la noche cobra vida. Y de ahí se desata la novela. Aparecen unas enigmáticas imágenes en su computadora de su trabajo. Él no sabe nada de computadoras. Pero tiene que usarla en el periódico. Es el año 2000, muy importante, porque se iba a acabar el mundo en ese año. Iban a pasar cosas increíbles. Hay dos chicas, una buena y otra mala, o por lo menos, a una quiere, la del periódico, y otro que no quiere, medio brujita, que lo persigue por “amor”. Al final ambas se confunden, parecen las dos caras de la misma. Marcela, la que le gusta, le enseña un reportaje de un escocés loco informático que viaja por la internet y tiene interés en los ritos mágicos de los aztecas, cree que Alfonso Alandaluz, el protagonista, tiene ciertos poderes metafísicos porque lo encuentran en la internet, misteriosamente. El escocés lo persigue.

 

 ¿Cuándo te surgió la idea de esa novela?

 

En la década de los noventa. Por eso la pensé para el año 2000. La escribí en una beca del SNCA que tuve, después mis “amigos jurados” me la negaron. Pero sobre terror sobrenatural había escrito ya la novela “La caricia del mal” (1998) y varios cuentos, que incluyo en mi libro de cuentos Historias de amantes y otros fantasmas que acabo de publicar en estos días también. Además siempre he tenido la influencia gótica, de suspenso, de misterio. En este 2017 decidí publicar aquellos dos libros que son muy importantes en mi trayectoria y que habían permanecido inéditos en todo lo que va de este siglo: Cumplo 50 años de escritor de novelas y cuentos y unos 45 de periodismo cultural y de opinión de escritor y de profesor de cursos y talleres de creación narrativa.

 

¿A qué generación de novelistas perteneces y quiénes son tus contemporáneos?

 

Lo más extraño es que estoy un poco desubicado. Como empecé muy muy joven, por eso cuando Antonio Rodríguez, entonces director de Difusión Cultural del Instituto Politécnico Nacional lanzó el Primer Concurso de Cuento del Politécnico en 1967), yo era todavía estudiante (estaba inscrito) en la Escuela Superior de Economía. Participé con mi cuento “La calle”, así que empecé a escribir y a leer antes de 1967. Tenía 19 años y empecé antes. Aunque no lo sabía, no sabía que iba a dejar la escuela para dedicarme a leer y a escribir. ¿No te parece increíble? Dejé todo por escribir y luego lo supe, por ser un escritor sui generis. Soy un escritor sui generis. Por eso estoy un poco fuera de las listas, nadie me reconoce como de su generación, unos por más viejos y otros por más jóvenes. Pero sí conocí colegas, cómo no.

 

Conocí a Andrés González Pagés, que me hizo el favor de leer algunas de mis cosas de entonces; con Juan Tovar fui a su taller de análisis de cuento. René Avilés Fabila, que me publicó mi primer librito de cuento en el INJM; de otra generación fue Emilio Carballido, quien se hizo mi amigo y asistí a su taller de dramaturgia en el Instituto Politécnico Nacional. Los talleres son muy importantes. Antonio Rodríguez fue quien llevó a Juan José Arreola y a Emilio Carballido al Politécnico. Yo fui a los talleres de estos personajazos. Luego, don Antonio lanzó el taller de Cine con Milosh Trnka, un camarógrafo y maestro de cine checo. Arreola y Carballido en 1967 , hace 50 años, y Milosh en 1970. Fundamentales para mí. El cineclub de Medicina del Politécnico. Pues esa fue mi formación. Las pláticas con González Pagés. Luego ya busqué otras cosas por mi cuenta, claro. Radio UNAM, las revistas de Octavio Paz, los suplementos culturales, donde publiqué, como el de El Nacional, de Juan Rejano, o el de El Heraldo, de Luis Spota, hombres generosos con los jóvenes. Conocí y leí a José Agustín, Gustavo Sáinz. José Emilio Pacheco me publicó un cuento en La cultura en México, Siempre!, en 1968. A él lo leí también.

 

De manera sobresaliente fue leer a Juan Rulfo y a Salvador Elizondo, diferentes entre sí, y a ambos los conocí en el Centro Mexicano de Escritores en 1970-71.

 

¿Cuándo nació tu vocación literaria?

 

Es un misterio. Solo te puedo decir que desde niño, que era un hábil dibujante, yo quise ser pintor, incluso ya no quería ir a la escuela para dedicarme a dibujar-pintar: fíjate: desde los ocho-nueve años tenía ese impulso. Luego en la escuela primaria de gobierno de mi colonia, la “Giner de los Ríos”, me dieron un premio por una biografía de este personaje que hice, y éste fue tres libros para adolescentes. Los leí de inmediato. Pero antes ya había leído algunos libros que mi hermano Ubaldo, el mayor, había llevado a la casa. Sin que nadie me dijera nada, me intrigaban esos libros, ¿qué dicen, que hay en ellos? Y los leía. Además, los poetas populares, Manuel Acuña, Antonio Plaza, AMADO Nervo, Federico García Lorca, etcétera. Historias de fantasmas de la ciudad de México. Los “cuentos” que se vendían en estanquillos. Cuando no sabía leer, me leían.

 

¿En tu familia existía herencia literaria?

 

Pues no. Como te decía. Mi hermano Ubaldo llevaba algunos libros, se los prestaba con unos amigos del Politécnico. Él no estudió nada, pero tenía amigos estudiantes y a veces él les daba a ellos “clases” de libros, películas, etc. Mi hermana Irma, un día compró una edición de El Quijote, que tengo aún. Pero “herencia literaria”, tradición, biblioteca, no. Mi tío Luis, profesor normalista, hablaba de algunos libros, como las tradiciones de las calles de México. Él se dio cuenta cuando empecé a escribir y a publicar algún cuento. Me dijo, a manera de felicitación, publica en periódicos para que te des a conocer. Así lo hacen los escritores. Y luego decía, tengo un sobrino escritor y marcaba la r, tal vez la daba gusto.

 

¿Algún escritor mexicano definió tu vocación por la literatura?

 

Muchos escritores. Tantos que no los recuerdo a todos. De adolescente leí algo de Federcico Nietzche, Jean Paul Sartre, El lobo estepario de Herman Hesse, entre otros muchos. Luego leí a los “malditos” franceses, Lautremont, Baudelaire, Rimbaud, Gide, Genet, otros. Centroeuropeos: Franz Kafka, mi maestro predilecto, toda su obra y vida, James Joyce, Samuel Beckett, Gustav Flaubert, Robert Musil, Marcel Proust, la nueva novela francesa, Robbie-Grillet; otros Ionesco. Dostoievski. A los gringos siempre los hice menos, al revés de mis colegas nacionales que leían a los gringos de la Generación Perdida, a los Beat, a Faulkner, Dos Passos, Hemingway. Luego, Kerouac, Melville y el irlandés Bram Stoker.

 

De los mexicanos que ya mencioné: Juan Rulfo y a Salvador Elizondo. A mi abuelito literario y de apellido, Martín Luis Guzmán, espléndido; José Vasconcelos, Agustín Yáñez, Juan José Arreola. Los cuentos de Carlos Fuentes. La novela de la revolución y la cristera. He leído historia de México, algo de filosofía, arte, cine, teatro, periodismo cultural, estudiosos como Todorov, Marcuse en su momento, etcétera. Muchos autores y libros más; Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, Inés Arredondo, etcétera.

 

¿Qué obra consideras representa a la literatura mexicana?

 

Toda la literatura mexicana la representa. Cada autor con una obra importante es una parte. En el siglo XIX, José Joaquín Fernández de Lizardi y Manuel Payno. En el XX, Juan Rulfo, Juan José Arreola, varios. Luego, lo veo como lector, mi obra en general refleja a México y lo mexicano: sobre todo, “La congregación de los muertos o El enigma de Emerenciano Guzmán”. Es una novela muy ambiciosa y lograda, historia de México y su crítica, testimonial, documental, autobiográfica, periodismo de investigación y reflexión filosófica sobre México, microhistoria, todo eso es esta novela. Álvaro Matute, el prestigiado historiador y académico, se ha referido en estos términos a mi novela.

 

Ahora “El Reflejo de lo Invisible” es la ciudad de México y sus fantasmas, como dije. Mis cuentos que acabo de publicar, “Historias de amantes y otros fantasmas”, es la ciudad de México y sus fantasmas también. No solo se desarrollan en ella sino que la ciudad de México es un protagonista más, eso es lo importante. En mi novela “La caricia del mal” (1998), “Historia fingida de la disección de un cuerpo” (1982), la Ciudad de México también.

 

¿A nivel mundial cuál sería esta obra que tú colocarías por encima de todas?

 

La literatura mexicana, buena como es, no compite con las literaturas mundiales o del mundo. Son autores los que han descollado. Octavio Paz sobre todos y no solo por su premio Nobel. Juan Rulfo, ha sido y es leído, traducido.

 

¿Qué autores han determinado una influencia sobre tu obra?

 

Todos mis escritores predilectos citados. Kafka, Beckett, nueva novela francesa, los escritores malditos franceses, el pintor francés Marcel Duchamp, no sé por qué no aprendí francés y me fui a Francia, o alemán o checo y me fui a Alemania o a la república Checa, donde vive un hijo mío por cierto, o inglés y me fui a Inglaterra, donde estuve dos o tres veces. Estados Unidos, ni Nueva York, me impresionan. España me gusta mucho, el flamenco, las españolas más, y leo algunos autores españoles y El País.

 

¿Perteneces a alguna capilla?

 

Buen chiste. He conocido a muchos colegas, algunos han sido mis amigos, otros lo contrario (en los hechos, no que los odie, no odio a nadie), no me han favorecido, al contrario, tal vez un día escriba sobre eso. Pero no, nunca he acabado de agruparme con nadie. Tengo algunos amigos tan independientes como yo. Ni en la Universidad Nacional Autónoma de México, ni en la Universidad Autónoma Metropolitana donde trabajé gracias a Carlos Montemayor, ni en la Secretaría de Cultura. Estoy solo yo y mi alma, como dijeran en el Bajío, de donde viene mi familia. Y no, porque se crean limitaciones. Y creo en la libertad absoluta del escritor, literaria, intelectualmente, y no quiero tener compromisos ni de literatura, ni de poder literario-cultural, y menos políticos de oposición en especial. Quiero tener libertad de pensamiento, palabra y obra. Amén.