Mutantes: Del Paso:

Perdimos a México

 Carlos FERREYRA CARRASCO

Carlos FERREYRA CARRASCO

Encoge el corazón el discurso de Fernando del Paso al recibir el Premio literario de la Feria Internacional de Lectura Yucatán: “Nunca como hoy me pregunto qué hicimos, a qué hora y cuándo se nos escapó México de las manos”.

El reconocimiento, que lleva al nombre del desaparecido José Emilio Pacheco, sirvió como incentivo para que Del Paso en conversación íntima con su amigo de juventud le inquiriera ¿qué se puede hacer con 23 mil desaparecidos en unos cuantos años? ¿O son 23 mil 43? ¿Y cómo sabemos quiénes son los culpables?

“Quiero decirte lo que tú ya sabes: que hoy también me duele hasta el alma que nuestra patria chica, nuestra patria suave, parece desmoronarse y volver a ser la patria revoltosa y salvaje de los libros de historia”.

El autor de Noticias del Imperio no evadió la responsabilidad de su generación ante lo que describió como la debacle nacional. En su reflexión, Del Paso se preguntó si como jóvenes cumplieron, pues su futuro se consolidó en corrupción y crimen, “donde no se sabe si basta la denuncia pasiva o contar los hechos para hacer triunfar la justicia”.

Las expresiones del escritor van de la mano de las discusiones sobre las leyes anticorrupción, donde los partidos políticos maniobran para impedir todo control que no sea el del gobierno. Y también se acompañan del nuevo experimento del presidente Enrique Peña Nieto, nombrando a un funcionario de sus más cercanos círculos afectivos, en sustitución del coordinador de Prensa de Los Pinos.

Las decisiones, producto de las mentes lúcidas del entorno presidencial, son las que explican lo que Del Paso llama la pérdida del país. Sin saber a ciencia cierta cómo fue, los ciudadanos fueron perdiendo poder mientras progresivamente se imponían los partidos políticos, sus conveniencias y sus controles sobre todo lo que afecta al ciudadano.

Los candados existentes en las antiguas administraciones priistas, con defectos graves, tenían una cierta influencia sobre el control de los presupuestos y, en particular, sobre las manitas de los funcionarios que nunca rebasaban el diez por ciento, y no en todos los negocios.

Las comisiones, institutos y otras formas de empantanar la burocracia y que apenas la semana anterior ¡oh, sorpresa! descubrieron que no sirven para nada, excepto para ampliar presupuestos y darle chamba a los cuates, empezarán a ser desmanteladas. De las casi cien creadas en el Congreso, apenas menos de cinco rindieron informes sobre sus actividades, pero eso sí, cobraron puntualmente las asignaciones para tales entes y su personal: auxiliares, analistas, secretarias, ayudantes, choferes y demás parafernalia que tan bien han aprendido a manejar nuestros representantes.

El cambio en funciones de empleados presidenciales no significará cambios a los sistemas de gobierno ni mucho menos a los métodos de mantener enterados a los gobernados. Pero sobre eso habrá que abundar más adelante, porque los funcionarios públicos piensan que carisma mata carita y que con eso es suficiente para encantar a los ciudadanos. Sólo que el carisma en don divino y no ven en el panorama nacional muchas divinas garzas. Salvo las viajeras.

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