Tiempo de miserables…

Se cumplió el plazo. Pronto desaparecerán los héroes anónimos, las legiones de hombres, mujeres, niños solidarios que día tras día han luchado a brazo partido con soldados, marinos y policías en el rescate¸ la ubicación de víctimas del terremoto.

Carlos Ferreyra Carrasco – Así, de memoria, vienen a la mente nombres como el de Enoé Uranga, una joven a la que pudo darse seguimiento a través de sus convocatorias diarias a la aportación de materiales para los damnificados, a la organización de envíos a zonas marginales de Morelos, Chiapas, Oaxaca y el Estado de México.

Incansable como Víctor Manuel Juárez, empleado de la UNAM que desde el momento mismo del temblor salió a la calle a intentar el rescate de sus vecinos, sus amigos como alguna vez advirtió y que hasta hoy sigue empeñado en la tarea. Mano con mano, dice, con soldados, marinos y policías.

Imposible enlistar a todos los que han participado en esta muestra de solidaridad humana, de responsabilidad con sus semejantes y de consciencia por el valor de la vida.

Tres sexenios de desacuerdos, divorcios sociales y pugnas partidarias sin ideología, terminaron por virtud de la desgracia compartida.

Cuando aún no levantan la última piedra ni encuentran al último de los que esperan su rescate, en la mejor tradición mexicana, al menos de su izquierda ya inexistente, surge el país de los miserables, de los descastados que en adelante dedicarán sus esfuerzos a destruir lo que miles, cientos de miles levantaron con su trabajo y su solidaridad.

Y claro, lo harán, lo empiezan a hacer, desde la impunidad de las páginas del internet. Vemos, como claro ejemplo, una cita de un hombre que ha hecho fortuna con el descrédito del país, de sus gobiernos, haciendo a troche y moche novelitas de narcos y novelones de tema único: la corrupción de los tricolores cuando llegan al poder. Y su consabida mente asesina.

Dice Epigmenio Ibarra, a quien no sigo y sólo por mero accidente lo topé con su “denuncia”, que un coronel del Ejército se trepó a lo alto de una pila de escombros y el fotógrafo que le acompañaba le tomó la gráfica que demostrará que el señor estuvo actuante y activo en la zona de desastre.

Que pudo haber sucedido, es cierto; pero el señor Ibarra no se ocupó de mostrar a miles de uniformados que durante días han laborado, sin lugar dónde descansar porque los maestritos del Colegio Rébsamen reclamaron su salón de recreo, improvisada sala de reposo para los rescatistas. No querían a esos apestosos (claro, sudorosos de trabajar) cerca.

De Morelia, un descastado que espero se trate de un avecindado y no de un nativo, afirma que al no prender el asunto de Frida Sofía, entonces ponen a “un soldado llorón” para distraer a la gente y para conmoverla. El desgraciado se atreve, además, a exhibirse nicolaíta. El padre Hidalgo se remueve en su tumba.

Momentos de emergencia nacional, de compartición de tareas en el encuentro del bien común. Los ayotzinapos, en días pasados y muy acordes con usos y costumbres, tomaron casetas de la autopista para recabar fondos porque se viene una etapa de vacaciones, y se lanzaron contra la Zona Militar de Iguala.

Lanzaron bombas, sí bombas y cohetones e intentaron invadir el territorio castrense. ¿Qué buscan? No puede ser a los 43 porque han transcurrido tres años sin que acepten la versión oficial o de Solalinde, el primero en denunciar la quema de los jóvenes normalistas.

En el Distrito Federal, la CDMX de Ternurita, la torre de Pemex fue desalojada por amenaza de bomba. No hubo tal pero es advertencia de lo que se viene: agresiones sin fin, campaña de descrédito para los que querían ver a Peña Nieto levantando ladrillos y de nuevo el cuestionamiento contra las Fuerzas Armadas a las que nunca se reconocerá su labor en los huracanes, que apenas pasaron y los temblores de hoy.

Renace, pues, el país de los miserables. Un país de descastados que se esconden tras anonimatos y se cubren con versiones inventadas por ellos y en el momento mismo de publicarlas. Todos contra el sistema, todos contra el gobierno, todos contra lo que represente la autoridad, la represión.

Todos contra el Ejército, contra los marinos y contra los federales. No importa si están dedicando y arriesgando su vida a la salvación de otras vidas. Son, en visión sectaria, “los representantes del sistema, los garrotes contra los ciudadanos decentes” ellos, los del pueblo bueno.

Por cierto a estos activistas del pueblo bueno, como al propio Ibarra, nunca se les vio enchalecados, con casco y guantes. No es lo suyo; son intelectuales y desde la burbuja de sus oficinas observan y dictaminan… o condenan.

carlos_ferreyra_carrasco@hotmail.com