La peor amenaza, el olvido de los damnificados del S-19

 

  • En el Multifamiliar Tlalpan, desconfían de regresar a sus inmuebles
  • La mayoría son pensionados sin capacidad para pagar créditos
  • Esperan respuestas claras del gobierno para su tragedia
  • La mayoría de las víctimas mortales eran mujeres

 

 

Susana Sánchez.- Eran Carmelita, Fátima, Karla, Valeria, Ximena, Susana y Leonor, son los nombres de las mujeres que fallecieron el 19 de septiembre durante el sismo de las 13:15 que derrumbó uno de los diez edificios del multifamiliar Tlalpan, construido hace más de 60 años.

 

La tarde del 2 de noviembre, Día de los Difuntos que se celebra en México cada inicios del penúltimo mes del año, sus nombres se encontraban con sus fotografías en una ofrenda colocada a lo largo de la acera de la Calzada de Tlalpan, a unas cuadras de la Estación del Metro Taxqueña, al sur de la Ciudad de México, en la jurisdicción de Coyoacán.

 

Junto a los nombres de estas siete mujeres, se encuentran las de Joshua y Julián, los dos únicos hombres que fallecieron en los escombros de lo que fue el edificio C-I de ese conjunto habitacional.

 

Mientras tanto en la Plaza de la Constitución, el Jefe de Gobierno de la capital mexicana, Miguel Ángel Mancera Espinosa, encabezaba por la mañana, una ceremonia para honrar a las víctimas del sismo del 19 de septiembre. Aunque nunca se dijeron sus nombres, Carmelita, Fátima, Karla, Valeria, Ximena, Susana y Leonor, son algunas de ellas, amenazadas, como otras víctimas, con el olvido.

 

 

En la Calzada de Tlalpan, sobre uno de los pasos a desnivel, los damnificados de ese inmueble, colocaron una manta con la leyenda de seguir vivos, en una lucha contra el olvido, mientras los conductores y pasajeros de los vehículos automotores que circulan por la calzada de Tlalpan, una de las principales vialidades de la Ciudad de México, apenas voltean su vista hacia ese monumento de flores, frutas, papel picado y la fotografías de las víctimas mortales de ese sismo que dejó una estela de muerte y destrucción en la capital mexicana.

 

Es el olvido la mayor amenaza para las 500 familias o más que habitaban este conjunto de diez edificios, condóminos e inquilinos. Poca gente pasa por donde hace más de un mes sucumbió un edificio que mató a nueve de sus habitantes.

 

Juan Arias Rivera, de 65 años, ahora jubilado, trabajó en la secretaría de Hacienda, es uno de los sobrevivientes de ese edificio. Junto con su hija de 19 años, lograron salir de ese inmueble cuando se derrumbaba. Era propietario de uno de los departamentos del edificio colapsado. Su vivienda, en el cuarto piso, contaba con una recámara, su sala, un pequeño comedor. Es uno de los fundadores de esa Unidad desde hace seis décadas. Le dicen Batman, porque saltó y salvó su vida y la de su hija.

 

Hoy Juan se encuentra en uno de los campamentos donde se han instalado los damnificados. Espera una respuesta clara del gobierno y de acuerdo a sus condiciones de vida. Imposible para él pagar un crédito, por más blando que fuera. Juan sostiene que ya pagó por su departamento y no podría volver a pagar lo que ya pagó por su condominio. Para este damnificado las autoridades se “echan la bolita”. No hay claridad en el gobierno.

 

 

Juan rechaza que el edificio se derrumbara por falta de mantenimiento, aunque acepta que en ocasiones los techos no se les colocaban impermeabilizantes para proteger los techos de las humedades dejadas por las lluvias.

 

El dos de noviembre es un día triste, los damnificados caminan alrededor de los edificios. En el campamento donde se instalaron un grupo de los damnificados, una joven mujer lava los trastes sobre unas cubetas, es la nieta de Alma Islas de 73 años, apenas operada de una cirugía maxifacial. Por ahora la señora Alma vive con uno de sus hermanos, el resto de su familia se encuentran en ese campamento instalado en una de las canchas de básquet de la unidad habitacional.

 

Su nieta se queja de los alimentos que les da el gobierno de la capital. Ayer jueves, un pequeño plato de arroz con unas rajas, café. Esta joven mujer que teme dar su nombre le parece insuficiente, prefiere preparar alimentos con las ayudas que recibe de vecinos de la zona o de organizaciones, que no se han olvidado de los damnificados de Tlalpan. En ese campamento se encuentran otras personas de edad, María Antonieta López Mata, de 70 años, Angelina Osuna García, de 81 años, Agustina Ramírez Morales de 60 años.

 

Esta unidad está rodeado de otros edificios, tan antiguos como los del Conjunto Tlalpan, solamente sus habitantes de la calle Manzana XIII saben de los daños que les provocó el sismo. Un estanquillo, una pollería, una lavandería y una farmacia de esos edificios están a unos metros del Conjunto.

 

 

A eso de las once de la mañana del jueves dos de noviembre, un joven topógrafo hace mediciones, comenta que algunos de los edificios están inclinados. Hay una ofrenda en la calle de Cerro Antonio, la de dos niños. No hay un dato que los identifique como víctimas del sismo, pero están ahí en una ofrenda del Día de Muertos.

 

En la Iglesia de Patrocinio de San José, sobre la calle de Manzana XIII, hay un anuncio de los damnificados con leyendas en las cuales dicen rechazar a las instituciones bancarias, piden transparencias en la aplicación de los fondos de ayuda internacional y exigen justicia para los damnificados.

 

No habrá justicia pronta y expedita. Algunos de los damnificados, uno que habitaba el 2B de 67 años, ya pensionado, no confía en el Jefe de Gobierno. Augura que a los damnificados los irán haciendo a un lado, hacia el olvido. Habita junto con su esposa en un cuarto que le proporcionaron, pero sabe que como dice un refrán mexicano: el muerto y el arrimado, apestan a los tres días.

 

Tampoco está de acuerdo con los créditos que les ofrece el gobierno, ni tampoco está de acuerdo con ir a vivir al Estado de México y sabe muy bien que la renta de los tres mil pesos es temporal, que no puede vivir con esos tres mil pesos ni eternamente del gobierno.

 

 

Para este damnificado del edificio 2B su vida ha estado ahí en ese condominio, lo mismo para todas las familias, para los niños y niñas para quienes no tienen una explicación del por qué perdieron sus casa y dejaron de ir a la escuela, del drama de las personas que tienen que ir a trabajar y no tienen donde dejar a sus hijos, de los pensionados y pensionadas que su vida, sus cosas, sus historias están entre esos muros y jamás podrían pagar créditos para adquirir otras viviendas.

 

El gobierno de la capital ha informado que desplegó apoyos en alimentos, de salud y servicios jurídicos a este grupo de damnificados, es uno de los más afectados de la capital. El lunes pasado los vecinos de los edificios 2A, 3A y 3C de la Unidad Tlalpan recibieron los dictámenes estructurales emitidos por Directores Responsables de Obra (DRO). Existe la posibilidad de que puedan regresar a sus hogares, pero los damnificados no confían, creen necesarios estudios más profundos de mecánica de suelos.

 

Les han pedido quitar los tinacos de cemento, los balcones, para reducir el peso en los inmuebles, pero aún carecen de energía eléctrica, agua, gas. Los damnificados creen que aún no hay condiciones para regresar a sus viviendas y el drama, la tragedia los consume cada día que pasa, el peor es el olvido de la sociedad y del gobierno.