El grito unánime fue contra la violencia

 

  • Multitudinaria manifestación de jóvenes el dos de octubre de 2018
  • Los jóvenes mexicanos, esta vez, volvieron a sonreír

 

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José Luis CAMACHO LÓPEZ.-Cerca de las cuatro de la tarde, policías de la Ciudad de México, sobre la calle de Correo Mayor, a una cuadra del Palacio Nacional, sede del poder presidencial mexicano, un numeroso grupo de policías con toletes y escudos, platicaban alegre y de forma apacible, sonreían, comían tacos y se distraían con el paso de los transeúntes.

 

Dos horas después la plaza del Zócalo empezó a nutrirse con miles y miles de jóvenes estudiantes de procedentes de planteles y facultades de educación media y superior de la capital mexicana y de otras entidades del país. El grito unánime a lo largo de una tumultuosa manifestación, que se inició en la plaza de las Tres Culturas, caminó por el Eje Central “Lázaro Cárdenas”, fue contra la violencia dirigida por el Estado hacia los jóvenes hace 50 años, en esa plaza donde se marcó con sangre la segunda mitad del siglo XX mexicano. Lo fue también contra oscura violencia hacia los jóvenes de las nuevas generaciones del siglo XXI.

 

Medio siglo después, era el dos de octubre de 2018. En la plaza de la Constitución, dijo uno de los policías a un lado de su motocicleta, ya habían llegado los primeros manifestantes a ese centro de México, el de sus epopeyas históricas que han construido al país, donde la bandera nacional ondeaba a media asta, al igual que otra bandera colocada sobre el balcón presidencial, desde donde cada noche del 15 de septiembre el presidente en turno da el llamado “grito de Dolores”, que arrancó en 1810 la guerra por la independencia nacional.

 

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No había ningún signo de tensión en el numeroso grupo de policías; departían sin rasgos de preocupación; por las calles cercanas al zócalo mexicano los comerciantes se apresuraron a cerrar sus negocios por “falta de clientes”, dijo uno de ellos, empleado de una papelería cerca de la plaza de Santo Domingo. La policía colocó vallas metálicas para proteger comercios y restaurantes a lo largo del paso de la gran marcha.

 

En la calle de Moneda, en la puerta de un Museo universitario, un anciano menesteroso intentaba arrancar unas notas a su viejo violín, uno que otro peatón se acercaba a darle algunas monedas, era la viva imagen de un país con pobres en las calles demandando la piedad pública a 50 años de ese violento episodio del dos de octubre que trastocó las fibras de las instituciones políticas, pero no resolvió a esas cinco décadas de distancia, la insondable desigualdad social de un puñado de grandes ricos y una población de más de 60 millones de pobres y muy pobres.

 

En la Plaza de la Constitución, ya pasadas las cuatro de la tarde, mientras se espera la llegada de los numerosos contingentes que desde la plaza de las Tres Culturas en la Unidad Nonoalco Tlaltelolco, caminaban por las antiguas calles del ahora Eje Central “Lázaro Cárdenas”, nombre del presidente mexicano que expropió el petróleo en marzo de 1938.

 

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En esa amplia calle grupos de jóvenes pegaban las imagen aborrecible de otro presidente, Gustavo Díaz Ordáz, a quien se señala como el matón que ordenó la masacre del dos de octubre de 1968, motivo luctuoso de esa enorme manifestación que aún después de las siete y media de la noche, unas treinta cuadras distante del zócalo, esperaba ingresar por las calles de Cinco de Mayo para reunirse con el resto del numeroso contingente que finalmente cubrió toda la plaza, como en los mejores tiempos del movimiento estudiantil mexicano de 1968, que en esa fecha fatídica estaba ya en punto casi muerto por la despiadada represión desatada por el gobierno de Días Ordaz.

 

Por esa fecha, de esa tarde turbia, los líderes del Consejo Nacional de Huelga, del CNH, ya estaban divididos, unos ya estaban en negociaciones con los representantes presidenciales Jorge de la Vega Domínguez y Andrés Caso, otros se empeñaban en levantar las banderas del movimiento con la concentración en la plaza de las Tres Culturas, llamada así por la reunión de las culturas prehispánicas, de la colonia y del México independiente, al norte de la capital.

 

Ese día y horas antes, el rumor de una represión anunciada corrió de boca en boca entre los grupos estudiantiles del Politécnico y de la Universidad Nacional, ya con decenas de muertos, desaparecidos y detenidos en inmundas cárceles o en el Campo Militar número Uno. A pesar de los aciagos rumores, parte de esos líderes del CNH se empeñaron en convocar a la concentración a sabiendas de que correrían las balas y la plaza quedaría ensangrentada.

 

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Y así ocurrió, los francotiradores fueron colocados estratégicamente en los edificios que rodeaban la plaza, y desde ahí, cuando los soldados del batallón Olimpia avanzaron, dos luces de bengalas fueron el anuncio del  ataque, francotiradores y soldados intercambiaron fuego y el número de víctimas mortales aún se desconocen a 50 años de distancia.

 

La trampa estaba hecha. Félix Hernández Gaumundi, uno de los líderes de la plaza de 1968, intentaba este dos de octubre de 2018, reivindicar el movimiento estudiantil y sus efectos políticos en la vida del país a 50 años, sin aludir a la responsabilidad de los líderes del CNH que cegados por la necedad de mantener un movimiento agotado, llevaron a cabo una concentración de estudiantes, maestros, obreros, amas de casa, vecinos de la unidad habitacional, que con antelación estaba amenazada con ser extinguida con sangre y fuego, tal como fue.

 

Ese despiadado acto de muerte fue dispuesto por Díaz Ordaz. Pesó hacerlo por  la próxima inauguración de los Juegos Olímpicos, cuando ya ese movimiento se encontraba decaído, falto de músculos y de fuerza, por la misma barbarie de la represión, la persecución y encarcelamiento de estudiantes, profesores como Heberto Castillo y Elí de Gortari; líderes sociales y disidentes políticos del Partido Comunista Mexicano que no había sido reconocida su existencia legal.

 

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En el Zócalo se escuchó en la voz de la actriz Karina Gido un poema de Rosario Castellanos, Memorial Tlaltelolco, con el no olvido de la terrible y aún impune matanza.

 

“La oscuridad engendra la violencia

y la violencia pide oscuridad

para cuajar el crimen.

Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche

Para que nadie viera la mano que empuñaba

El arma, sino sólo su efecto de relámpago”.

 

“La plaza amaneció barrida; los periódicos

dieron como noticia principal

el estado del tiempo.

Y en la televisión, en el radio, en el cine

no hubo ningún cambio de programa,

ningún anuncio intercalado ni un

minuto de silencio en el banquete”.

 

Se escucharon luego por las bocinas los nombres de algunos fallecidos líderes, pero no los de todos. Se discriminaron algunos. Solamente algunos de ellos: Eduardo Valle Espinoza, “El Buho”, Luis Tomás Cervantes Baca, uno de los más torturados; Raúl Álvarez Garín, Florencio López Ozuna, de Luis González de Alva; del cantante José Molina; de las mujeres, quienes fueron las más aguerridas luchadoras del 68, Roberta Avendaño, Carlota Botey, Margarita Suzan, , Adriana Luna Parra, de la cantora Judtih Reyes, de poetas como Leopoldo Ayala. Faltó, entre los nombres de los ya fallecidos por el peso de la edad y enfermedades, el de Marcelino Perello. Uno de los asistentes lo susurró en la plaza. ¿Y Marcelino? No estaba en la agenda obituarios de esa tarde.

 

A cincuenta años de ese genocidio ocultado por una prensa mayoritariamente abyectamente subordinada, con la excepción de periodistas como Félix Fuentes, que por estar borracho el editor de La Prensa y odiar a los “pinches comunistas”, logró librar la censura y escribir lo que miró y lloró sobre su Remigton en la redacción de ese periódico: que el ejército disparó sobre los manifestantes de la plaza. Todavía a principios de este siglo, Félix recibía los reproches de los altos mandos de la Secretaría de la Defensa Nacional por escribir esa nota de lo que le constó esa tarde del dos de octubre de 1968.

 

A las seis de la tarde con siete minutos del dos de octubre de 2018 se pidió un minuto de silencio y la plaza aún no llena, lo guardó, y se escuchó la misma frase del grito que ha sido el reclamo persistente del “Dos de octubre no se olvida”, con las mismas manos levantadas con la señal de una victoria, que las víctimas mortales de 1968 no llegarían a ver.

 

Sobre la calle de Cinco de Mayo, con los comercios blindados, una joven solista con un violonchelo tocaba las notas del himno nacional. A su paso, los numerosos grupos de jóvenes lo cantaban.

 

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En el Zócalo, en la calle de Madero, centenares de estudiantes de las normales rurales de Amilcingo, Tiripitio, Tenería, Saucillo, Ayotzinapa recitaban a coro consignas de lucha: “policía, el gobierno también te explota”. El recuerdo de los desaparecidos de la Normal de Ayotzinapa se citaba paso a paso, de cada uno y uno a uno de los 43 jóvenes estudiantes desaparecidos hace cuatro años. Las voces lo reclamaban insistentemente, fue “un crimen de Estado”.

 

Los de cabezas blancas son los menos, los jóvenes del 68, del Politécnico, de la UNAM, sobrevivientes de la masacre. No hay cansancio en las voces de esa multitudinaria reunión de jóvenes, mujeres y hombres de los Colegios de Ciencias y Humanidades, de las escuelas del Instituto Nacional de Bellas, de las Facultades de la Universidad Nacional Autónoma de México, del Instituto Politécnico Nacional, de la Universidad de la Ciudad de México, eran miles y miles.

 

Una imitación de un tanque, semejante a los tanques ligeros del ejército mexicano de 1968, es llevado por varios jóvenes; piden les abran paso al llegar a la calle de Cinco de Mayo, a un lado del soberbio edificio del Correo Mayor y del Club de Banqueros.

 

El grito unánime de esa multitud de jóvenes que los unió fue contra la violencia, del 2 de octubre de 1968, del 26 de septiembre de 2014, del 3 de septiembre de 2018. “Fuera porros”, “Fuera porros” se escuchaba en esas apasionadas voces que también cantaban las frases de “cielito lindo” con la música de ese solitario violonchelo que salía de las manos de la joven que por horas estuvo sentada sobre la acera de la calle de Cinco de Mayo, acompañándolos.

 

La manifestación del 2 de octubre de 2018 fue más allá de recordar la matanza del dos de octubre de 1968 y del discurso auto laudatorio de uno de los líderes del CNH que llevaron a una manifestación a la trampa mortal de la plaza de las tres culturas hace medio siglo.

 

Esa multitudinaria manifestación de jóvenes exigió reiteradamente el fin de cualquier acto de violencia contra cualquier joven.

 

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A diferencia del siniestro día de la tarde del dos de octubre de 1968, la del movimiento de los jóvenes de 2018, fue la expresión de una vida de nuevas libertades diversas,  libres de cualquier forma de violencia que atente contra la vida de cualquier joven, sin las amenazas de ser acosados, hostigados, ofendidos, lastimados en cualquier ámbito de su vida, sea en los planteles educativos o en la vía pública por el simple hecho de ser joven. Así lo decían varias de sus leyendas. Ni otro dos de octubre de 1968 ni otro 26 de septiembre de 2014 ni otro 3 de septiembre de 2018.

 

Cayó la tarde, lejos de la sombría tarde de ese dos de octubre de 1968, se encendieron otras llamas, ya no de los cirios de los muertos de hace cincuenta años, esta vez, a través de esas miles de voces, el fin de la violencia que agota las venas del país.

 

Aún a las ocho de la noche, los contingentes de jóvenes a los que se sumaron militantes de movimientos urbanos populares, seguían nutriendo la multitudinaria manifestación por las calles del Eje Central Lázaro Cárdenas.

 

Los jóvenes mexicanos, esta vez, volvieron a sonreír.