“No soy Batichica, pero les hago falta”

 

  • “¿Por qué no vienes conmigo mamá?”, es la pregunta que hacen todos los niños que han cumplido cinco años 11 meses de edad, y que han vivido con sus madres en reclusión en el Cefereso de Santa Martha Acatitla

 

 

Guadalupe Cruz Ramírez porta el uniforme beige porque su caso aún está en proceso, así se viste desde junio de 2015, cuando fue acusada de presunto homicidio en una riña ajena, que involucró también a dos de sus cinco hijos, quienes resultaron heridos de gravedad.

 

“Me ha costado mucho porque se desintegra una familia, y las autoridades no lo ven así. Ya les comprobé que no maté, ni di una orden”, aseguró mientras mostraba las cicatrices de sus manos, con “21 puntadas aquí y 12 por acá”.

 

“Soy madre y padre para mis hijos, me quedé viuda en 2010, a mi esposo lo secuestraron, éramos comerciantes, tuve que vender toda la mercancía y los puestos para pagar el rescate, y me quedé sola para sacarlos adelante, me partía en mil”.

 

Lupita es activa integrante de Mujeres en Espiral, pero no duda en reconocer que es triste estar en la “cueva”, sin que sus hijos tengan apoyo, más porque vendió la casa donde vivían para pagar su primer abogado.

 

“Todavía tengo uno de 15 años, que se aísla mucho, me necesita, casi no lo veo; cuando viene llora, por eso no me gusta que lo traigan, pero es difícil. Son cuatro varones y una mujer, ella viene a verme, pero no puede siempre porque trabaja. Yo les digo que no soy Batichica, pero les hago falta para educarlos, guiarlos y que no tomen malas decisiones”.

 

“¿Por qué no vienes conmigo mamá?”, es la pregunta que hacen todos los niños que han cumplido cinco años 11 meses de edad, y que han vivido con sus madres en reclusión en el Cefereso de Santa Martha Acatitla, lo que es permitido por normatividad.

 

Ante este cuestionamiento, algunas responden sin convencimiento: “es que ésta es mi escuela”, “estoy castigada y me porté mal”, relató Patricia Piñones, del Programa Universitario de Derechos Humanos (PUDH).

 

Los niños, comentó Belausteguigoitia, siempre quieren quedarse con sus madres, pero no siempre es lo mejor, es un dilema. ¿Qué es mejor?, ¿dejar al pequeño adentro o sacarlo a una institución pública? Son las preguntas que se hace Marisa Belausteguigoitia, académica de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y titular del proyecto.

 

La organización Reinserta indica que en México hay 800 niños que nacen y viven en prisión hasta los seis años. “La norma que les permite quedarse hasta los casi seis años es buena, porque hay un CENDI dentro de la cárcel y algunas mujeres funcionan como cuidadoras y defensoras de ellos”, añadió. Marisa.

 

Piñones resaltó que se elabora un trabajo de externación de los pequeños, a fin de prepararlos para cuando estén fuera, pues muchos de ellos nunca han tenido contacto con el exterior, nunca se han subido a un auto, ni estado ante gran cantidad de gente, incluso ante sus propios familiares.

 

La sociedad se pregunta, dijo Piñones: ¿por qué las mujeres en reclusión deciden vivir con sus hijos en la cárcel?, y respondemos: ¿de verdad lo deciden?

 

La Universidad Nacional Autónoma de México, a través del proyecto “Mujeres en espiral: sistema de justicia, perspectiva de género y pedagogías en resistencia”, apoya y capacita a madres en reclusión en el Centro Femenil de Readaptación Social (Cefereso) de Santa Martha Acatitla (SMA).

 

Según el Informe sobre los centros de reclusión de baja capacidad 2018 de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), en México 10 mil 594 mujeres están en reclusión, y hasta el 23 de marzo de 2018, en SMA había mil 269.

 

Ahí, casi 80 por ciento de las reclusas son madres, y en su mayoría jóvenes: “están encerradas en promedio desde los 22 años de edad y hasta los 40 y tantos, justo en la edad reproductiva. Son madres cuando ingresan, durante la estancia y cuando salen”, resaltó Marisa Belausteguigoitia.

 

Con programas que abordan aspectos psicoafectivos, artísticos, pedagógicos y jurídicos, el proyecto universitario está integrado por académicas, pasantes y estudiantes que cada lunes visitan esa prisión con el objetivo de ayudar a las reclusas a organizarse en redes horizontales y establecer una microsociedad constituida con autonomía y autoservicio, explicó esta académica de Filosofía y Letras quien dijo, además:

 

“Es conmovedor ver las redes de maternidad que hacen. Si tienen niños pequeños con ellas, los integramos a los talleres o los cuidamos cuando van a los juzgados. Trabajamos con las mamás como portadoras de derechos, en su proceso de ciudadanización, en el disfrute y cuidado de su sexualidad, en el aprendizaje del uso de su tiempo y espacio, y en la formación de su pensamiento crítico y desarrollo artístico, no asistencialista”.

 

Cuando una mujer entra a la cárcel se empobrecen las familias porque pueden dejar de uno y hasta siete hijos afuera; las otras mujeres del núcleo se los reparten: la abuela, la tía, la prima, la vecina, pero la reclusa tiene un sufrimiento muy específico por esa separación, con una cantidad de estrés y ansiedad que no se puede dimensionar”, afirmó a propósito del Día de la Madre, que se festeja cada 10 de mayo.

 

Además, señaló, los empleos dentro de la cárcel son muy mal pagados; por ello, el encierro debe verse con perspectiva de género, pues necesitan producir dinero para cuidar a sus hijos.

 

En Santa Martha las reclusas son más visitadas por sus madres (con 56 por ciento) que por los hijos (6.6 por ciento). De estos últimos, acuden más las hijas que los varones, según la investigación “Encierros y fugas: una visión pedagógica de las maternidades en reclusión en el Cefereso-Santa Martha Acatitla”, trabajo recepcional de maestría en Pedagogía de Mayra Elizabeth Aguilar Enríquez, premiada en la más reciente edición del Concurso de Tesis en Género “Sor Juana Inés de la Cruz”, del Instituto Nacional de las Mujeres.

 

“Efectivamente, son las madres las que más visitan a las mujeres (madres o no) en reclusión, y los hijos varones los que menos”, remarcó Piñones, quien es integrante de Mujeres en Espiral.

 

“En ellas también surge la culpa y se llenan de cargas, de ahí la importancia de tener procesos que les permitan lidiar con la maternidad hacinada. Tienen que ser madres a distancia y enterarse, a través de una llamada telefónica una vez al día o cada tercer día, de cómo están sus hijos”, dijo finalmente esta especialista universitaria en una entrevista.

 

 

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