Los “muchachos valientes” tomaron Los Pinos

 

  • Reunidos en el Salón Adolfo López Mateos para reivindicar sus luchas sociales en aquel México autoritario, donde su única opción fueron las armas como “una forma de lucha social de los oprimidos frente a la explotación, la desigualdad, la injusticia”

 

Foto: T E

 

José Luis Camacho López.-En el Salón Adolfo López Mateos, este domingo 22 de septiembre, los “muchachos valientes” tomaron Los Pinos, eran guerrilleros de las décadas de los sesenta y setenta, quienes junto con familiares, simpatizantes, esos sobrevivientes sociales se aglomeraron en ese espacio que fuera sede presidencialismo mexicano omnímodo, omnisciente y omnipresente, reunidos para reivindicar sus luchas sociales en aquel México autoritario, donde su única opción fueron las armas como “una forma de lucha social de los oprimidos frente a la explotación, la desigualdad, la injusticia”.

 

“De Madera a Los Pinos”, decía una inscripción en una de las pantallas colocadas en ese salón, una larga marcha hacia Los Pinos donde fue posible esta simbólica toma por la convocatoria del Comité Organizador del Premio Nacional Carlos Montemayor, un escritor que hizo de la literatura un nuevo tipo de periodismo al indagar sobre las causas e historias de las guerrillas en México, en los estados de Chihuahua, su tierra de origen y en el convulsivo, hasta ahora, estado de Guerrero.

 

Ahí, en ese Salón que perdió toda su antigua vestimenta de rígida solemnidad, en la víspera de la fecha de hace 54 años, el 23 de septiembre de 1965, en que un grupo de muchachos se atrevieron con escaso e improvisado armamento a desafiar al ejército mexicano al atacar un cuartel militar en Madera, un poblado del norteño estado de Chihuahua, se reconoció la gesta social de Florencio Lugo Hernández y Francisco Ornelas Gómez, dos sobrevivientes de los trece muchachos que formaron el Grupo Popular Guerrillero (GPG).

 

Su objetivo era iniciar un movimiento armado en un vano intento de lucha socialista frente al modelo capitalista depredador del país y fue la primera guerrilla mexicana en el contexto de la guerra fría entre Estados Unidos y la desaparecida Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS).

 

Estos muchachos veían que el México de la Revolución Mexicana surgido en 1910, eran tan represor como el de la dictadura que había sido derrocado a partir de 1910, que beneficiaba a los latifundistas de tierras y reprimía los movimientos de los campesinos que buscaban esa justicia social enarbolada falsamente por el régimen del Partido Revolucionario Institucional que gobernó al país durante siete décadas en el siglo XX.

 

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En el ataque de esa guerrilla, ocho de esos jóvenes fueron muertos, cinco lograron salir ilesos, entre ellos Florencio y Francisco. Entre esos jóvenes muertos en el ataque al Cuartel Madera se encontraban Pablo Gómez Ramírez, quien nació en 1926, era el único de 40 años; Arturo Gámiz García, había nacido en 1941, ellos dos de profesión maestros, quienes ya habían militado en el Partido Popular Socialista. Otros fueron Oscar Sandoval Salinas, Emilio Gámiz García, hermano de Arturo; Miguel Quiñones Pedroza, Rafael Martínez Valdivia, Salomón Gaytán y Antonio Scobell Gaytán.

 

A los cantautores de las gestas sociales se les mencionó: Judith Reyes, José de Molina, quienes ya fallecieron; a Francisco Madrigal, a quien se le reconoció como un compositor social, quien se comprometía “con el pueblo” en cada composición de las letras de sus canciones. Francisco Madrigal es autor de la canción “Jacinto Cenobio”.

 

Distante e impasible, Cecilia Soto, una ex candidata presidencial del Partido del Trabajo, ex diputada, asistió como representante del gobierno de Chihuahua, gobernada por Javier Corral Jurado, del conservador Partido Acción Nacional.

 

La representante del gobierno de Chihuahua abandonó el acto antes de terminar. Observaba con cierto dejo de desdén y aburrimiento una ceremonia que reivindicaba a los movimientos guerrilleros mexicanos en la antigua sede del presidencialismo autoritario mexicano, así como las escenas de júbilo de un público festivo que se aglomeró en el principal auditorio de Los Pinos, que fuera sede de los presidentes mexicanos desde la década de los treintas, un espacio donde lo mismo se reunían las élites políticas del poder público mexicano como las aristocracias empresariales y sindicales para rendir culto a los mandatarios.

 

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Florencio Lugo llegó a decir que será el pueblo quien decida qué hacer frente a las oligarquías y su violencia institucionalizada o “seguirá de rodillas por los siglos de los siglos”. Del ataque al Cuartel Moncada y de su fecha surgió la Liga Comunista 23 de septiembre que fue exterminada hasta principios de la década de los ochenta. Había entre ese público otros de esos muchachos guerrilleros, ahora ya personas mayores: Salvador Infante Salgado de 76 años y Saúl Chacón de 79 años.

 

Francisco Ornelas Gómez, el otro de los guerrilleros sobrevivientes al cuartel Madera, habló de la sede de la Federal de Seguridad donde se torturaba y desaparecía a los disidentes, de los guerrilleros asesinados como Socorro Rivera; recordó las luchas ferrocarrileras encabezadas por Valentín Campa y Demetrio Vallejo, de las luchas sociales que se encadenaban en México, de los estudiantes y de los maestros. “En el momento que dejamos de luchar empezamos a morir”.

 

Parte de esas luchas infructuosas fueron las mujeres. El escritor Carlos Montemayor las llamó Mujeres del Aba, madres, hermanas, esposas, a quienes también se les reconoció en ese torbellino de recuerdos de dolor, catarsis y exigencias con encendidos gritos de “vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

 

Alma Gómez habló de esas mujeres dedicadas a buscar los rastros de sus hijos, hermanos, esposos: Consuelo, Silvina, Albertina, Estela, Carmen y Esperanza; Herculana, Lupe y Paquita, Noemí, Monserrat, hija y madre; Bertha, Estela, María Dolores y Amalia, Elodia, Loreto, mujer humilde, campesina; Celestina, Gloria madre de un guerrillero de 17 años; Blanca, quien conoció la tumba de su hijo 50 años después; Emilia, Bertha, Tere y María, Judith, la compositora y cantante.

 

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Todas doñas- decía Alma- dueñas del nuevo amanecer, mujeres del alba, secuestradas, exiliadas, asesinadas…testimonio de solidaridad, valentía y amor, mujeres que en medio de su dolor no permitieron que las vieran débiles, que sufrieron la desaparición, prisión y muerte de sus seres queridos, mujeres solas en una guerra que les impusieron; mujeres que se rebelaron a la derrota, que se ocuparon de la continuidad de la lucha; que sufrieron las consecuencias de una lucha que ellas no decidieron… que a 54 años sus sueños e ideales siguen vigentes.

 

Entre los nombres de mujeres luchadoras y buscadoras de sus desaparecidos, estaba Martha Alicia Camacho Loaiza, una de las pocas sobrevivientes de la Liga Comunista 23 de septiembre, detenida por militares, agentes de la federal de seguridad y policías estatales en Culiacán, Sinaloa.

 

Torturada durante 49 días en 1977, mientras estaba embarazada, Martha, quien desde 2002 presentó una denuncia por la desaparición forzada de su esposo José Manuel Alapizco Lizárraga, este lunes 23 de septiembre, en el aniversario de los hechos de Madera recibirá una disculpa del Estado Mexicano por las graves violaciones a sus derechos humanos y a su esposo desaparecido.

 

Alma, en su discurso, le dio argumentación histórica fundamentada a las guerrillas mexicanas:

 

“La guerrilla es una forma de lucha social de los oprimidos frente a la explotación, la desigualdad, la injusticia. Tiene como fin último la modificación de forma de gobierno, derecho consagrado desde la Constitución de 1857 y refrendado en 1917. La guerrilla ha estado presente en la historia de nuestro país desde los albores de la independencia hasta nuestros días. Frente a su surgimiento las autoridades optaron por su descalificación, represión, combate frontal, violando derechos humanos”.

 

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Hubo quejas de quienes enfrentaron desorientación sobre el sitio del evento, parecía deliberado para disminuir la asistencia a los reconocimientos a los dos sobrevivientes de la guerrilla que realizó en septiembre de 1965 ese ataque a un cuartel militar en la población de Madera, Chihuahua; y a Las Mujeres del Alba.

 

Pareció una intención para desorientar al público mayor de edad, que con bastones y sillas de ruedas buscaban el lugar donde se llevaría a cabo el evento y los hacían caminar por esos largos pasillos del ahora Complejo Cultural de Los Pinos.

 

Pero a pesar de esas largas caminatas, ese entusiasmado público, la mayoría de personas mayores, saturó ese Salón Adolfo López Mateos, que durante el gobierno de Ernesto Zedillo llegó a ocuparse de discoteca y en los momentos más tensos y ríspidos de la búsqueda de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, reunió a sus padres de familia con el ahora expresidente Enrique Peña Nieto.

 

Se llenó de “puros rojillos”, llegó a decir el “Guaymas”, uno de los exguerrilleros, un acto que para el periodista José Reveles tuvo un carácter histórico porque ahí estaban sobrevivientes guerrilleros de movimientos que en la década de los sesenta y setenta no vieron otra opción para buscar cambiar el modelo de lacerante desigualdad social, de la riqueza nacional en unas cuantas manos, que tomar las armas y desafiar al autoritario Estado mexicano.

 

Por ese salón estaban también Ricardo Montejano, Cruz Mejía, ambos cronistas radiofónicos de luchas sociales en la emisora Radio Educación, Ignacia Rodríguez, dos guerrilleras argentinas; Pablo Cabañas, hermano de Lucio Cabañas, otro maestro guerrillero; Concepción Ávila, del Comité Eureka; del Comité del 68 y de los grupos guerrilleros Comandos Armados del Pueblo, del Movimiento Armado Revolucionario, del Frente Urbano Zapatista y de la Asociación Cívica Revolucionaria de Guerrero.

 

Foto: T E

 

Se arrancaron lágrimas, recuerdos dolorosos por los guerrilleros torturados, ejecutados, desaparecidos, lanzados al mar del Pacífico en esas guerras mexicanas acalladas, de mujeres y hombres que en esa época de la vida del país enfrentaron el poderío del rígido sistema de gobierno del país, donde la prensa era silenciada, se autocensuraba, subordinada a los intereses del poder político y económico.

 

En ese Salón donde los periodistas se mantenían en corrales durante el régimen del presidencialismo autoritario y solamente los de la “fuente” gozaban de privilegios, esta vez gozaban de la libertad de moverse en ese amplio espacio, unos Pinos donde desaparecieron los filtros y las vallas del Estado Mayor Presidencial, que rigurosamente señalaban hasta dónde se podía uno mover desde la misma entrada a ese inmueble que los presidentes mexicanos ocuparon a partir del gobierno del presidente Lázaro Cárdenas en su sexenio iniciado en 1934 al poniente de la Ciudad de México y hasta ahora que el presidente Andrés Manuel López Obrador decidió vivir en Palacio Nacional.

 

La lucha armada de estos muchachos fue revindicada en el mismo sitio donde los presidentes Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto recibían la información política sobre las disidencias políticas y los movimientos armados de parte los servicios de espionaje: de la Dirección Federal de Seguridad y del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN).

 

Alma Gómez mencionó que estaban en el mismo sitio, Los Pinos, de donde salían las órdenes para desaparecer, fusilar, asesinar y torturar a los disidentes que formaban parte de las guerrillas.

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