El artista que le mentó la madre a un presidente mexicano

 

  • Inacabado permanece el mural colectivo de Diego Rivera: La universidad, la familia y el deporte en México en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria
  • Aún persiste el enigma si el célebre incidente entre el muralista y el presidente Alemán influyó en que la obra no se concluyera por supuesta falta de presupuesto
  • Significaba un modelo de “arte público social” que indudablemente representaba la realización más importante de su vida como “obrero plástico”

 

Foto: T E

 

José Luis Camacho López.- Rina Lazo y Arturo García Bustos, memorables artistas del muralismo latinoamericano, obrera y obrero de la plástica social de una célula del Partido Comunista Mexicano, lo recordaban:

 

Era octubre de 1952, a pocas semanas de la inauguración de las instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México en la zona de los pedregales, efectuada el 20 de noviembre de ese mismo año, Diego Rivera estaba orgulloso y optimista. Estaba planteada como su mejor obra documental, memorable, eterna: La Universidad, la familia y el deporte en México en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria.

 

“El maestro estaba abajo dirigiéndonos, cuando se le acercó el yucateco Marco Antonio Borreguí, quien era uno de sus más jóvenes ayudantes, para avisarle que había llegado el presidente Miguel Alemán a visitar la construcción de Ciudad Universitaria. Nervioso, emocionado, jadeante por la carrera que pegó, le dijo: Maestro, está por llegar acá el presidente”.

 

Rivera sin inmutarse, le contestó: “Chingue a su madre el presidente, yo estoy trabajando”.

 

Pero hubo un detalle que el genial pintor mexicano olvidó, nunca se quitó de la boca el altavoz con el cual dirigía la esperada monumental obra y la mentada se escuchó hasta donde caminaba la comitiva del presidente con sus guaruras. Miguel Alemán hizo como “si Dios no oyera”- lo recordaban Rina y Arturo en una entrevista con este autor efectuada hace algunos años. Miguel Alemán habló con Rivera como si nada hubiera escuchado.

 

Sólo a un hombre como Diego Rivera podía permitírsele tal hecho y quedara en anécdota una mentada de madre a un presidente mexicano sin que le afectara en nada”, recuerda Rina Lazo, quien en un libro biográfico dejó constancia de tal anécdota (Sabiduría de manos, Conversaciones con Abel Santiago, 1998).

 

Nunca se sabrá si esa involuntaria y espontánea expresión de Rivera fue la causa de que la obra plástica en el Estadio de Ciudad Universitaria, al sur de la Ciudad de México no se consumara en su totalidad y se arguyera un tema de presupuesto con el cambio de gobierno.

 

Alemán hizo como que no escuchó la voz de Rivera por el altavoz,  prosiguió su recorrido por el Estadio con los arquitectos que lo acompañaban, Augusto Pérez Palacios, Raúl Salinas Moro y Jorge Bravo Jiménez.

 

Rivera decía que la escultopintura: La Universidad, la familia y el deporte en México en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria con el tema “el desarrollo del deporte en México desde la época prehispánica hasta la actual”, significaba un modelo de “arte público social” que indudablemente representaba la realización más importante de su vida como “obrero plástico”.

 

Sin embargo, la famosa escultopintura, realizada colectivamente por un grupo de obreros plásticos, quedó inacabada. Solamente ocupa una pequeña parte del estadio.

 

Ese célebre incidente ha dejado la eterna duda:  si pudo haber influido en que el mural no se concluyera. El aparente argumento oficial fue el cambio de gobierno y una supuesta la falta de presupuesto. No hubo más explicación. En octubre de 1952 estaba próximo el cambio de mando en la Presidencia de la República. Miguel Alemán Valdés, originario del estado de Veracruz, dejaba el cargo para entregarlo a otro paisano suyo, Adolfo Ruiz Cortines.

 

Rina Lazo y Arturo García Bustos, dos de los obreros plásticos que colaboraron con Rivera, además lo recordaban en su casa de Coyoacán:

 

En la realización de ese mural participaban ese otoño de 1952, setenta “sensibilidades de obreros admirables”, como los llamaba Rivera: albañiles, canteros, “tan artistas como los doce pintores y arquitectos” que trabajaban con él. En total “una suma armónica” de ochenta y dos “sensibilidades humanas unidas”.

 

Diego pensaba que con “un cráter arquitectonizado”, símbolo de la representación plástica (arquitectura-escultura-pintura), él continuaba “la gran tradición arquitectónica mexicana que edificó Teotihuacán, Tula y Chichén Itza”.

 

Rivera escribió un texto publicado para el libro Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria, coordinado por Augusto Pérez Palacios, uno de los arquitectos, editado en 1963 por la Dirección General de Publicaciones de la UNAM, donde destacaba el objetivo del mural: “honrar y enaltecer a nuestra Patria”.

 

Era el proyecto colectivo más ambicioso de Diego Rivera por su magnitud, soberbia y extensión plástica ya que rodearía todo del Estadio de CU, ocuparía originalmente 18 mil metros cuadrados alrededor de esas instalaciones deportivas.

 

El majestuoso mural planeado quedó atrapado en la transición entre los gobiernos de Miguel Alemán y Adolfo Ruiz Cortines. Rivera únicamente realizó una parte del mural en el muro del talud oriente y sobre una de las entradas del estadio que el 20 noviembre de 2012 pasado cumplió 60 años junto con los primeros edificios de Ciudad Universitaria, reconocidos hoy por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, como Patrimonio de la Humanidad.

 

Foto: Archivo de T E

 

Rina Lazo y Arturo García Bustos, alumnos de Rivera y Frida Kahlo, junto con otros artistas formaban parte de la célula “Silvestre Revueltas” del Partido Comunista Mexicano; participaban en los trabajos de los murales en los edificios de la Rectoría, de la Biblioteca Central, del auditorio Antonio Caso y de la Facultad de Medicina.

 

En esa célula del PCM, entonces dirigido por Dionisio Encinas, militaban entre otros artistas: Oscar Frías, el joven Marco Antonio Borreguí, “El yuca”; Arturo Estrada, Guillermo Monroy, José Chávez Morado, Olga Costa y Oscar Frías.

 

Rina Lazo y Arturo García Bustos regresaban de Berlín,  después de asistir al Tercer Festival de la Juventud por la Paz, cuando Rivera les pidió integrarse a los trabajos del mural La universidad, la familia y el deporte en México.

 

Rina y Arturo son partidarios de que “algún gobierno universitario o algún Presidente de la República acordara que se termine el decorado de todo el talud, que vendría a ser una obra extraordinaria, única en el mundo por su proporción monumental y por el gran interés de su temática”.

 

El rector de la UNAM era en ese momento Luis Garrido y el encargado de las obras de CU, Luis Enrique Bracamontes. Para las obras del Estadio Universitario, una obra en concreto armado, piedra y terraplenes compactados, su tiempo de ejecución estaba previsto entre 1950 y 1952 con un presupuesto de inversión de 28 millones de pesos y una capacidad entre los ochenta y cien mil espectadores.

 

De todo el conjunto de murales encargados a David Alfaro Siqueiros, Juan O´ Gorman y otros artistas, el de Rivera en el Estadio Universitario fue el único inconcluso.

 

Todavía,  a menos de un mes de la inauguración de Ciudad Universitaria, en octubre de 1952, Diego Rivera confiaba al periodista Gustavo Valcárcel: “hasta hoy, desde Teotihuacán, Chichen Itza y Macchupichu, jamás en la historia del arte americana se había producido tan gigantesca obra plástica como La universidad, la familia y el deporte en México de tan hondo sentido colectivo y con una fisonomía auténticamente nuestra” como la que realizaba en ese momento en el lado oriente del Estadio de Ciudad Universitaria.

 

La entrevista con el periodista Varcárcel, efectuada al pie de la obra, fue publicada el 19 de octubre de 1952 en un suplemento del periódico El Nacional, entonces dirigido por Guillermo Ibarra como director y gerente.

 

La edición estaba dedicada por completo a la construcción de Ciudad Universitaria. Una fotografía acompañaba el reportaje, Diego Rivera junto con el periodista Valcárcel con el talud a sus espaldas donde se plasmaba la primera parte del mural del Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria.

 

En las memorias documentales de la UNAM sobre esa obra se conserva la versión de que el mural no se terminó por la muerte de Diego Rivera, ocurrida en 1957. Rina y Arturo no coincidían e insistían. Estos estupendos artistas latinoamericanos lo atribuían al incidente de la mentada de madre al presidente, al cambio de gobierno de Miguel Alemán al de Adolfo Ruiz Cortines.

 

Ambos presidentes contribuyeron a la escalada anticomunista proveniente del macartismo en los Estados Unidos y a la “guerra fría cultural” contra los artistas de la plástica mexicana que defendían la corriente social de la pintura mexicana.

 

El pretexto que se arguyó oficialmente fue: falta de presupuesto. Pero hay confusión en las memorias universitarias sobre esa obra.

 

En la Guía de Murales de la Ciudad Universitaria, editado en 2004 por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, Cecilia Gutiérrez escribió que “el proyecto no pudo llevarse a cabo en su totalidad. Rivera realizaría, en 1954, sólo la parte central de la fachada oriente”, cuando lo cierto es que la obra parcialmente se efectuó en 1952. De la maqueta original la UNAM conserva un boceto y Rina y Arturo poseían el suyo.

 

En un texto para otra obra editorial publicada en 1963 por la Dirección General de Publicaciones de la UNAM sobre el Estadio, el historiador y estudioso del arte, Justino Fernández, para quien la obra “consistía en recubrir el total de los muros exteriores con relieves en piedras de colores, a manera de mosaicos, pero con técnica diferente, más bien semejante a la usada por los constructores de Mitla”, también se equivocó en la fecha de hechura del mural al asegurar que “la realizó el genial pintor muralista Diego Rivera no mucho tiempo antes de morir, pues fue una de sus últimas obras”.

 

El mural del Estadio de CU no fue de las últimas obras de Rivera. Rafael Carrillo Azpeitia, en su libro Diego Rivera, pintor del pueblo, reseña que el muralista decora en 1953 la fachada del Teatro de los Insurgentes con mosaicos de vidrio. ”El mural trata la historia del teatro y de la danza en México donde Cantinflas es la figura principal”.

 

En 1955 Rivera concluye otro mural, La Gloriosa Victoria inspirado en la intervención norteamericana en Guatemala, a través de la CIA, para derrocar al legítimo gobierno del presidente Jacobo Arbenz.

 

En 1954 en el exterior de la residencia en Cuernavaca del productor de cine Santiago Reachi, Rivera produce una serie de murales transportables en tela con el tema de tradiciones populares en mosaico de vidrio, Baño en el río. Después de la muerte de Frida Kahlo en ese año de 1954, Rivera continúa en Palacio Nacional su mural con uno de sus temas centrales, La llegada de los conquistadores.

 

En 1955 el doctor Ignacio Millán le diagnóstica un cáncer. Rivera no se atiende y continúa trabajando en el Museo del Anahuacalli y hasta agosto viaja a la Unión Soviética para atenderse pero el cáncer ya había invadido su cuerpo.

 

En 1956 Rivera se aloja recién casado con Ema Hurtado en la casa de Dolores Olmedo en Acapulco donde deja otra obra dedicada a Quetzalcóatl-Tláloc. Su última obra sería El Batán en otra casa de Dolores Olmedo en la Ciudad de México, una decoración en mosaicos sobre Tláloc para un espejo de agua y deja inconclusos trabajos en el corredor del Palacio Nacional, eran “proyectos que se refieren a Cuauhtémoc, a la época virreinal y la Independencia”.

 

Foto: Archivo de T E

 

Para el Museo Nacional de Historia planeaba otro mural sobre la Independencia y otro para la Escuela de Ciencias Químicas de la UNAM; murales sobre el teatro y el cine en el Teatro Jorge Negrete y el proyecto de un fresco sobre Zapata en la casa del actor de cine Emilio Fernández e igualmente “elabora proyectos para frescos y esculto-pinturas en el museo del Anahuacalli”, pero Rivera muere el 24 de noviembre de 1957.

 

Estela Gutiérrez describe el único tramo del mural del estadio de Ciudad Universitaria “realizado en alto relieve cubierto con pedacería de piedras de colores y texturas naturales; el rojo tezontle, el suave tono ámbar del tecali, el mármol blanco, las piedras verdes y rosas, la piedra de río”.

 

La obra representa, tal y como lo describe Gutiérrez, el escudo universitario con el cóndor y el águila americano que se posan en el mexicano nopal. Sus alas extendidas cobijan a tres figuras antromorfas: hombre y mujer que unen sus manos en el hijo mestizo a quien dan la paloma, símbolo de la paz”.

 

“En los extremos flanqueando el escudo, dos figuras gigantescas de un atleta masculino a la izquierda y a la derecha una deportista femenina, encienden la antorcha del fuego olímpico” y “finalmente ornamenta la parte interior la serpiente emplumada, la imagen de Quetzalcóatl, que recuerda la plástica precolombina, la cual tiene incrustaciones de mazorcas de maíz”.

 

Gutiérrez destaca que “Rivera trazó así sobre el muro sus figuras policromas, con armonía y ritmo, uniéndose a la ancestral tradición mexicana de decorar pictórica y escultóricamente los edificios dando con ello un vivo ejemplo de integración plástica contemporánea”.

 

El proyecto original tal como dice Gutiérrez “consistía en la construcción de un gran relieve que iría a lo largo del talud perimetral y en que pretendía integrar un tema nacionalista”. Dicho tema sería el México prehispánico y el México Moderno, representados por medio del deporte y unidos a través de la universidad, la paz y la familia”.

 

Rina y Arturo consideraban la fuerte influencia del movimiento internacional por la paz que surgió después de la segunda guerra mundial en la hechura de la escultopintura de Rivera. Diego había escuchado las experiencias de Rina y Arturo en ese Congreso Mundial por la Paz Mundial realizado en Berlín a donde ellos habían acudido.

 

Rina y Arturo, con su copia en las manos del trazo del mural de la escultopintura, rechazaban que esa obra inconclusa de Rivera fuera una de sus últimas obras.

 

Diego tenía la firme convicción de que mediante esta obra América volvía a realizar “la unión con su propio pasado en función del porvenir”. En un texto publicado por la UNAM en 1963 por la Dirección General de Publicaciones, el artista pensaba que el arte maya y el azteca eran el mejor del mundo “por su claro sentido de unidad artística: arquitectura, pintura y escultura fusionadas en un indivisible esfuerzo creador”.

 

Para Diego el mural era “el primer esfuerzo serio de la historia del arte moderno y en los cuatro continentes para realizar una obra tan importante, básicamente de carácter tanto colectivo como en su función social y en el objetivo de integración plástica”.

 

Rina Lazo sostenía que Diego fue el primero que se atrevió a probar que se podía construir sobre las zonas de restos volcánicos, el ejemplo fue  el Anahuacalli (actualmente un Museo dedicado a Diego Rivera), levantado en un área rocosa de la delegación de Coyoacán.

 

El estadio de CU se inauguró en 1953 con un partido entre los equipos del tapatío Méndez y el del padre Lambert, en uno de los primeros clásicos entre la UNAM y el Instituto Politécnico Nacional.

 

La obra en el estadio inicialmente proyectada por Rivera como colosal, sólo ocupa una pequeña parte de las instalaciones deportivas de concreto armado, piedra y terraplenes compactados.

 

Walter Gropius, en un texto publicado por la Imprenta Universitaria el 15 de julio de 1963, decía: “con todo, el más favorable resultado de esta soberbia estructura es su convincente escala en armonía en el paisaje que la rodea y la feliz integración plástica de su arquitectura en la gigantesca escultopintura creada por el maestro Diego Rivera”.

 

Justino Fernández destacaba: “La concepción completa consistía en recubrir el total de los muros exteriores con relieves en piedras de colores, a manera de mosaicos, pero con técnica diferente más bien semejante a la usada por los constructores de Mitla”.

 

Cecilia Gutiérrez consideraba que con esta obra de sus figuras policromas sobre el muro “con armonía y ritmo uniéndose a la ancestral tradición mexicana de decorar pictórica y escultóricamente los edificios”, Rivera da “un ejemplo de integración plástica contemporánea”.

 

Según Justino Fernández, “el relieve en piedra de colores de Diego Rivera” de 1952, fue una de las últimas obras realizadas “no mucho tiempo antes de morir” del maestro que iluminó los muros de los pasillos de la Secretaría de Educación Pública. Esta versión carece de veracidad. Rivera murió cinco años después, en 1957.

 

Foto: Archivo de T E

 

Arturo y Rina, obrero y obrera plásticos del muralismo latinoamericano

 

Arturo García Bustos, originario de la ciudad de México, nació en agosto de 1926 a un lado de lo que fue la plaza del Volador donde se encuentra el edificio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Falleció una mañana del 7 de abril de 2017,

 

Desde muy joven García Bustos fue atraído por las figuras de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, Luis Cardoza y Aragón, Juan de la Cabada, Juan Marinello y Nicolás Guillén, quienes formaban parte de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), antes Sindicato de Pintores. Fue alumno de la Academia de San Carlos y luego de La Esmeralda, y perteneció al Taller de Gráfica Popular (TGP) fundado por Leopoldo Méndez, Pablo O´ Higgins y Luis Arenal.

 

Extraordinario grabador, entre los maestros de García Bustos estaban Frida Khalo, Jesús Guerrero Galván, Alfredo Zalce, Carlos Orozco Romero, María Izquierdo, Raúl Anguiano, Agustín Lazo y Feliciano Peña.

 

Uno de sus más espléndidos murales de 220 metros cuadrados es el que realizó en el palacio de gobierno de la ciudad de Oaxaca, Oaxaca en la historia y en el mito (1980) junto con el mural Cosmogonía de los pueblos indígenas de Oaxaca. Otros de sus más importantes murales ocupan la sala de Etnografía del Museo Nacional de Antropología titulado Pobladores de las Siete Regiones de Oaxaca (1964); en la Estación del Metro Universidad, La Universidad en el umbral del siglo XXI (1989); y en la Casa de la Cultura de Azcapotzalco, La Herencia Tepaneca en el umbral del Tercer Milenio(1999).

 

Rina Lazo nació en Guatemala, falleció una triste madrugada del 1 de noviembre de 2019, la “pintora de México”, como le dijo Andrés Henestrosa. Estudiante de La Esmeralda, alumna de Diego Rivera, colabora con el maestro en el mural del Hotel del Prado Una Tarde de Domingo en la Alameda (1947-1948); en el mural del Cárcamo del Río Lerma ( 1950-1951), y en el Mural del Hospital de la Raza (1952). Su figura aparece en el mural de Rivera, la Gloriosa Victoria (1954) que ironiza la fatídica intervención militar estadunidense para derribar al gobierno constitucional de Jacobo Arbenz.

 

Una de las grandes obras de Rina Lazo es el mural Venerable Abuelo Maíz (1992), en la Sala Maya del Museo Nacional de Antropología al igual que la réplica facsímil de los Murales de Bonampak (1966). Como García Bustos también Rina militó en el Partido Comunista y en el Frente Nacional de Artes Plásticas del cual formaban parte Rivera, Siqueiros, O´ Gorman y Guerrero Galván. Su último mural se titula “El Inframundo de los mayas”, que será trasladado a la Ciudad de Austin, en el estado de Texas, Estados Unidos.

 

Además de Diego y Frida Kahlo, otros maestros de Rina fueron Alfredo Zalce, Carlos Orozco Romero, Jesús Guerrero Galván y Juan Cruz. En 1968, por supuestas acusaciones de sedición y motín, es encarcelada tres meses, permanece en la Cárcel de Mujeres de Iztapalapa hasta que las protestas internacionales propician su liberación.

 

Fuentes consultadas:

 

Augusto Pérez Palacios, Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria, México, UNAM, Dirección General de Publicaciones, 1963, pp.5-6- 279-280-28.

Rina Lazo, Sabiduría de manos, Conversaciones con Abel Santiago, México, Coedición del Gobierno del estado de Oaxaca, a través del Instituto Oaxaqueño de Culturas, y la Asociación de Escritores Oaxaqueños, 1998, p.79.

Suplemento dominical de El Nacional, 19 de octubre de 1952, número 290, Segunda época, pp. 8-9.

Guía de Murales de Ciudad Universitaria, 50 años de CU, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas, 2004, p-41.

Rafael Carrillo Azpeitia, Diego Rivera, pintor del pueblo, México, Edición del CREA, 1986.

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