Falleció la escritora mexicana de la literatura vivencial

 

  • Cuando Julio Cortázar conoció los cuentos de Amparo Dávila, se emocionó, la felicitó y se identificó con su escritura
  • El misterio, el miedo y el suspenso crearon su mundo de ambiente fantástico
  • No creo en la literatura hecha solo a base de la inteligencia o la pura imaginación, decía

 

Foto: codigoespagueti.com

 

Cuando Julio Cortázar conoció los cuentos de Amparo Dávila, se emocionó, la felicitó y se identificó con su escritura. Esto fue por los años sesenta, recuerda Humberto Guzmán, un escritor mexicano con una larga trayectoria literaria, quien también, cuando conoció la escritura de esta maestra del lenguaje, se sintió impresionado por el manejo literario que Amparo Dávila le daba al misterio, el miedo y el suspenso para crear su ambiente fantástico.

 

Durante buen tiempo, Amparo Dávila, quien falleció el apenas el 18 de abril pasado a los 92 años, no figuró entre las figuras literarias mexicanas, como por ejemplo la Revista El Cuento que dirigió Edmundo Valadés, en la primera etapa de esa publicación dedicada al cuento en 1964. En esa época Amparo ya había publicado en el Fondo de Cultura Económica Tiempo Destrozado y Música Concreta.

 

Emmanuel Carballo, uno de sus descubridores, la incluyó en El cuento mexicano del siglo XX en ese mismo año de 1964.

 

Después de que obtuvo en 1977 el Premio Xavier Villaurrutia, Amparo dejó de escribir sin conocerse sus motivos. Originaria de Los Pinos Altos, en el Estado de Zacatecas, nació el 21 de febrero de 1928, esta modesta escritora mexicana, poeta además, empezó a escribir a los 20 años y publicar su primera plaqueta, Salmos bajo la Luna en 1948. La revista Estilo de San Luis Potosí le había publicado publicó salmos y poesía mística.

 

Recientemente Alejandro Toledo decidió incluir en una reunión de cuentistas mexicanos, el hilo del minotauro, una de sus mágicas historias, El Entierro.

 

La Secretaría de Cultura la consideró “pionera del cuento fantástico en las letras mexicanas e indudable protagonista de la literatura hispana del siglo XX”.

 

En su reseña, esta secretaría recordó en su comunicado que en 2015, a sus 87 años de edad, Amparo Dávila recibió la Medalla Bellas Artes en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

 

En esa ocasión, la escritora dijo que “trato de lograr en mi obra un rigor estético basado no solamente en la perfección formal, en la técnica, en la palabra justa, sino en la vivencia. La sola percepción formal, no me interesa porque la forma no vive por sí misma; es, digamos, la sola justificación de la escritura”.

 

Para Amparo Dávila “hay textos técnicamente bien escritos, pero que nacen muertos: no quedan en la memoria de quien los lee. No creo en la literatura hecha solo a base de la inteligencia o la pura imaginación. Creo en la literatura vivencial, ya que esto, la vivencia, es lo que comunica a la obra la clara sensación de lo conocido, de lo ya vivido, y hace que perdure en la memoria y en el sentimiento, y constituye su fuerza interior y su más exacta belleza”.

 

En la narrativa de Amparo Dávila está presente la provincia y la vulneración al orden establecido, en este fragmento del relato El huésped, incluido en su primer libro de cuentos publicado en 1959 Tiempo destrozado, se constata:

 

“Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje. Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer.”

 

Foto: Internet

 

En esa misma obra, Dávila transmitió historias de sabiduría que plasmó en diversas frases que evocaban el miedo, los trastornos y la enajenación: “No es el silencio de los seres enigmáticos, sino el de aquellos que no tienen nada que decir”, escribió.

 

En Árboles petrificados (1977), el tercer volumen de cuentos de la narradora, evocó la muerte (esa que vio pasar durante su infancia Los Pinos, Zacatecas, pues su casa estaba cerca de un cementerio) y la locura con metáforas laberínticas que mostraban un espíritu solitario:

 

Estoy muerta -dijo-, ¿no te has dado cuenta de que estoy muerta, de que hace mucho tiempo que estoy muerta?”, escribió.

 

Amparo Dávila, narradora y poeta, estudió en Colegio de Religiosas de San Luis Potosí y después se incorporó como secretaria de Alfonso Reyes de 1956 a 1958.

 

En 1977 ganó el Premio Xavier Villaurrutia por Árboles petrificados, mientras que en 2015 obtuvo la Medalla Bellas Artes. Recientemente recibió el Premio Jorge Ibargüengoitia de Literatura 2020, otorgado por la Universidad de Guanajuato.

 

Su obra cuentística está considerada entre las más singulares de México durante el siglo XX, y ha sido incluida en diversas antologías icónicas del género, y Other fires (1986) de Alberto Manguel, entre otras. También escribió poemarios como Salmos bajo la luna (1950), Perfil de soledades (1954) y Meditaciones a la orilla del sueño (1954).

 

Esta ilustre a escritora zacatecana Amparo Dávila falleció este sábado 18 de abril en la Ciudad de México.

 

La Secretaría de Cultura y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) lamentaron su sensible partida y enviaron sus condolencias a familiares y amigos, una triste partida para Diario T E, el diario de las personas mayores.

 

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