Un sistema universal de salud, propone la CEPAL

 

  • La necesidad de responder a la crisis sanitaria debe apuntar a crear ese sistema
  • La pandemia requiere una respuesta inmediata
  • Ha revelado y exacerbado las grandes brechas estructurales de la región latinoamericana y del Caribe, como los elevados niveles de desigualdad, la informalidad, el bajo crecimiento, las limitaciones de las balanzas de pagos y la baja productividad
  • La concentración del poder económico captura y distorsiona la política

 

Foto: T E

 

Alicia Bárcena -La pandemia de coronavirus ha generado la mayor contracción del PIB y del comercio mundial desde la Gran Depresión de los años treinta. Se vive un momento de elevada incertidumbre, en el que aún no están bien delineadas ni la forma ni la velocidad de la salida de la crisis.

 

La posibilidad de rebrotes en Europa y Asia y en los países de la región cuya curva epidémica muestra una tendencia a la baja y han iniciado el desconfinamiento, junto con el hecho de que muchos países de la región se han vuelto focos principales del virus, refuerzan la incertidumbre predominante.

 

Los períodos de crisis también pueden ser de intenso aprendizaje e importantes transformaciones. Esto es particularmente cierto en el caso de la crisis de la pandemia de COVID-19, que ha hecho más evidentes los problemas estructurales que tensionaban la economía mundial desde hace mucho tiempo.

 

La pandemia ha transformado los problemas crónicos del estilo de desarrollo de la economía mundial en un cuadro agudo que requiere una respuesta inmediata. La evolución del sistema internacional ya mostraba desequilibrios crecientes que indicaban que los patrones de producción, distribución y consumo predominantes, así como sus soportes institucionales y políticos, no eran sostenibles.

 

 

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La pandemia golpea esa estructura con tal intensidad que hace inevitable que los gobiernos y la comunidad internacional respondan con un nuevo sentido de urgencia. Esta urgencia ha llevado a repensar la política y el papel del Estado de una manera pragmática, libre de los preconceptos y mitos que recortaban los instrumentos a los que legítimamente puede recurrir un Estado democrático.

 

Transformar este impulso en acción y las respuestas de emergencia en un esfuerzo consistente y continuado de construcción de un nuevo estilo de desarrollo, que supere los desequilibrios del estilo anterior, es la tarea que los gobiernos, la sociedad civil y la comunidad internacional deberán acometer en los próximos años.

 

Los problemas estructurales que enfrenta la economía mundial se observan en tres ámbitos, con dinámicas propias pero interrelacionadas: el lento y más inestable crecimiento del producto y del comercio mundial, el rápido aumento de la desigualdad en las principales economías del mundo, y la destrucción del medio ambiente y el cambio climático.

 

La pandemia aceleró lo que la mayor parte de los analistas ya percibía como un cambio de época. Especialmente en el último quinquenio, la economía política mundial y regional venía sufriendo cambios sustanciales. Las formas en que los países y las sociedades reaccionan ante un contexto de crisis no están definidas de antemano.

 

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Temor e incertidumbre

 

En situaciones de temor e incertidumbre, los países y los actores nacionales pueden recurrir a respuestas unilaterales, juegos no cooperativos en que se intenta transferir las culpas y los costos de la crisis a otros actores, tanto interna como externamente, al tiempo que aumentan la xenofobia y la discriminación, y se recortan derechos. En un mundo muy integrado, con complejas interacciones e interdependencias en lo político, el comercio y las finanzas, las migraciones y la seguridad global, este tipo de respuestas solo agudiza los conflictos y los desequilibrios.

 

El aumento de las tensiones políticas y geopolíticas de los últimos años refleja este cuadro de creciente desconfianza y rivalidad entre los actores. Una respuesta consistente y duradera debe basarse en la búsqueda colectiva de nuevos acuerdos que den legitimidad al sistema internacional y a los sistemas políticos internos, que vienen siendo crecientemente cuestionados.

 

América Latina y el Caribe han sufrido en gran medida los impactos económicos, sociales y sanitarios de la pandemia, a pesar de los esfuerzos que han hecho los países de la región por mitigarlos. Esta pandemia ha revelado y exacerbado las grandes brechas estructurales de la región, como los elevados niveles de desigualdad, la informalidad, el bajo crecimiento, las limitaciones de las balanzas de pagos y la baja productividad. A esto se ha sumado una marcada vulnerabilidad al cambio climático y los desastres naturales, lo que se ve agravado por una creciente pérdida de biodiversidad.

 

Los costos de la desigualdad en la región se han vuelto insostenibles y una recuperación transformadora exige un cambio de modelo de desarrollo. La igualdad ayuda a sostener los ingresos y la demanda agregada, a propiciar un crecimiento con más productividad al asociarse a un acceso amplio a educación, salud y oportunidades para todas las personas —particularmente las mujeres—, y a evitar la concentración del poder económico que captura y distorsiona la política. Por ello, reconstruir con igualdad y sostenibilidad es el camino para la región.

 

Se requerirá de un Pacto Social

 

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Esto requerirá de un pacto social para garantizar que estos objetivos se conviertan en política de Estado, con la participación de comunidades, empresas, mujeres y jóvenes. A su vez, se precisan nuevas formas de gobernanza mundial para proveer de bienes públicos globales, como la salud universal (una vacuna contra el coronavirus para todos), la seguridad climática y la protección de la atmósfera, la estabilidad financiera, la paz y la protección de los derechos humanos.

 

De eso se trata este documento cuyo objetivo es contribuir a esa reflexión y ofrecer una propuesta de desarrollo basada en el Estado de bienestar, el cambio técnico y la transformación productiva y asociada al cuidado del medio ambiente, que fortalezca la igualdad y la democracia (como ha expresado la CEPAL desde hace décadas) como el legado más preciado de la modernidad.

 

La crisis de 2008 primero y, aun en mayor medida, la crisis de la pandemia pusieron en jaque mitos que limitaban el espacio de las ideas y de las políticas públicas. Ya decía Keynes que lo más difícil en un proceso de cambio es liberarse de las viejas ideas que atan las manos de los encargados de formular políticas.

 

La acumulación de problemas estructurales y el impacto de la crisis hicieron que muchas de esas viejas ideas cayeran por tierra. La crisis de 2008 derribó el mito de que los mercados financieros eran eficientes y de que las políticas monetarias y fiscales expansivas en tiempos de recesión podrían conducir a un salto inflacionario; la subsecuente crisis europea hizo lo mismo con el mito de la austeridad y con la hipótesis de la “contracción fiscal expansiva”, y las medidas de emergencia que adoptaron los gobiernos para evitar la profundización de la actual crisis derribaron el mito de que el aumento del gasto público en un contexto recesivo generaría una debacle de pérdida de confianza y fuga de capital.

 

Esto se suma a otros cambios muy importantes que han ocurrido en la perspectiva dominante entre los economistas acerca de la dinámica del crecimiento y la distribución. Algunos años atrás, se consideraba que la igualdad y la eficiencia económica eran contradictorias y que había que optar por una u otra.

 

La desigualdad, enemiga de la productividad

 

Hoy en día hay un consenso creciente respecto de que la desigualdad es enemiga de la productividad, del aprendizaje y de la innovación. Hace algunos años, la política industrial era anatema; hoy en día hay un acuerdo amplio de que es clave para reducir las brechas tecnológicas, diversificar las exportaciones y desacoplar el PIB de las emisiones.

 

Intelectualmente, ha habido una convergencia hacia las posiciones que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y muchos economistas keynesianos venían defendiendo desde hace tiempo. Aún más, la disciplina económica se encuentra en un momento propicio para superar la rigidez conceptual que supuso la prevalencia del pensamiento único y, por ende, se encuentra ante el desafío de renovar metodologías y marcos analíticos.

 

El cambio de época al que hemos hecho referencia ocurre también en el mundo de las ideas, las teorías y los marcos conceptuales, en las ciencias sociales y, marcadamente, en la disciplina económica. En el pasado, solo se admitía que los gobiernos fueran llamados a intervenir masivamente en la economía para salvar al sistema financiero y evitar una crisis sistémica.

 

La crisis del COVID-19 nace siendo sistémica, de forma que los gobiernos son llamados a actuar con máxima urgencia para evitar el colapso total de la economía con sus gravísimas consecuencias políticas. Se trata de una situación completamente nueva en que los márgenes más amplios de la acción pública deben canalizarse en el sentido de una recuperación transformadora, combinando la intensidad de la respuesta de corto plazo con los objetivos de largo plazo.

 

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Sistema universal de Salud

 

La necesidad de responder a la crisis sanitaria debe apuntar a un sistema universal de salud; la necesidad de evitar la pérdida de empleos e ingresos de los más vulnerables debe apuntar al pleno empleo y la erradicación de la pobreza; la necesidad de evitar la desaparición de las empresas, especialmente las micro, pequeñas y medianas, debe apuntar a fortalecer sus capacidades tecnológicas en un mundo en que el progreso técnico se ha acelerado; la necesidad de elevar la inversión debe hacerse apuntando a un sendero con bajas emisiones de carbono y menos dependiente de la destrucción de los recursos naturales.

 

La implementación de una nueva agenda de política requiere también nuevas coaliciones políticas (internas e internacionales) y nuevas formas de cooperación internacional que sostengan el cambio en el estilo de desarrollo. Estas coaliciones se están forjando, pero aún son demasiado débiles como para imprimir una nueva dinámica a las economías nacionales y al sistema mundial. Es necesario refundar el multilateralismo sobre nuevas bases, de tal manera que se amplíen los espacios de política en la periferia y se corrija el sesgo recesivo de la economía internacional.

 

El desorden de las reglas internacionales y el avance del unilateralismo han llevado a muchos analistas a proponer un nuevo multilateralismo. La CEPAL y las Naciones Unidas han elaborado argumentos y estudios valiosos en esa dirección, construidos a partir de los ODS y la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible.

 

Al mismo tiempo, debe recuperarse el proyecto de integración de las naciones de América Latina y el Caribe, con su potencial de promoción de procesos comunes de transformación productiva y desarrollo tecnológico, y con su potencial de fortalecer la voz de la región en el ámbito multilateral. A nivel interno, el desafío consiste en la construcción largamente postergada en la región de un Estado de bienestar, y en promover la competitividad internacional y la transformación productiva sobre la base de las oportunidades que abren las inversiones y las innovaciones ambientales, redefiniendo el sistema de incentivos de la inversión a favor de la igualdad y la sostenibilidad.

 

Un mayor espacio para las políticas implica un mayor papel regulador e inversor del Estado. La efectividad de la acción pública depende de pactos sociales que le den el necesario apoyo político, aseguren la transparencia de estas acciones y fortalezcan el funcionamiento de la democracia. El reconocimiento de la necesidad de ampliar los espacios de la política pública y el papel promotor del desarrollo del Estado debe ir de la mano con el fortalecimiento de la sociedad civil y el control democrático del mismo y de una más eficaz regulación de los mercados.

 

Los temas de transparencia y la rendición de cuentas por parte de los gobiernos se vuelven aún más importantes cuánto más compleja y ambiciosa es la tarea que deben realizar. Ante un cambio de época, es preciso avanzar más allá de medidas puntuales. Se deben redefinir estructuras económicas y patrones de comportamiento, y sustituir la cultura del privilegio por una cultura igualitaria que garantice derechos, construya ciudadanía y difunda capacidades y oportunidades.

 

Este documento es una contribución a la formulación de políticas y de un nuevo pensamiento económico sobre el desarrollo en un momento especialmente delicado por las convulsiones sociales, políticas y económicas por las que atraviesa el sistema internacional. Es necesario canalizar las energías de las sociedades y el aprendizaje que genera la crisis en una dirección constructiva, en que se promueva un nuevo estilo de desarrollo, sostenible en sus dimensiones social, económica y ambiental. Solo así será posible alcanzar el bienestar social inclusivo, la protección de la integridad ecológica del planeta y un mundo más justo.

 

*Introducción de Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) del estudio titulado Construir un nuevo futuro: una recuperación transformadora con igualdad y sostenibilidad

 

**Fue presentado por la mexicana Alicia Bárcena a los países miembros y asociados de la Comisión en su trigésimo octavo período de sesiones, que se desarrolló de forma virtual hasta el 28 de octubre.

 

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