El recuerdo del miedo

 

  • Testimonio de vida del escritor Humberto Guzmán
  • Padeció COVID19
  • Lo trataron como si fuera una vergüenza, como si fuera lepra en la Edad Media
  • Lo que lo tenía aterrorizado era que ya no pudiera respirar
  • Una ambulancia cobraba entre 3,000 y 7,000 pesos el traslado a un hospital

 

Humberto Guzmán

 

Humberto GUZMAN.-Desde el principio me pareció que no estaba bien tratada la pandemia COVID 19. Del mundo llegaban noticias terribles y también de adecuadas coordinaciones de algunos gobiernos para contenerla, mientras en México se decía “salgan a comer con la familia, con los amigos”, “abrácense”, etc., y rechazaban el cubrebocas, desde el presidente y su representante de Salud mismos.

 

Yo me cuidé lo más que pude. Incluso me adelanté a suspender clases en la Escuela de Escritores, cuando la SEP apenas anunciaba que se debía hacer en la siguiente semana. Anuncié a suspensión el martes 17 de marzo del 2020.

 

Pero, de pronto, presenté los síntomas. ¿De dónde me vino? ¿Por qué a mí que no me arriesgaba?

 

 

Fui a ver un médico de Walmart, el más a la mano, como una primera opinión. No lo creía yo, o esperaba que no lo fuera. Pero me dijo que yo era “sospechoso de COVID” y mandó llamar a una mujer y un hombre de vigilancia para que me “acompañaran a la salida”. No me permitieron ni comprar el medicamento que el mismo médico me había recetado. “Ya váyase a su casa.” Había visto en un noticiero de televisión que estos médicos que se encuentran en o a un lado de las farmacias de la ciudad habían recibido alguna preparación para tratar y apoyar a quienes temen tener esta enfermedad innombrable -como si fuera una vergüenza, como si fuera lepra en la Edad Media. Entonces yo había ido para recibir una primera opinión y asesoría. Pero ese médico no solo no me ayudó, sino que me propinó el primer golpe por la culpa de haber sido contagiado.

 

Y aquí empezó en serio para mí el recuerdo del miedo. En las siguientes 36 horas no encontré dónde hacerme la prueba COVID. Yo soy derechohabiente del ISSSTE, pero no quise ir allí, porque sabía que no iban a hacerme la prueba. Si me veían de pie, me mandarían a mi casa. Y si no, me hundirían en una hospitalización y quién sabe qué fin iba a tener. Me dio terror. Busqué en dos laboratorios conocidos. No contestaban el teléfono. Por la internet no me hacían caso. Al siguiente día, temprano, me apersoné. Me rechazaron, tenía que hacer una cita por teléfono o por internet. Empecé a ponerme nervioso. Los malestares generales continuaban. Temía que fueran a aumentar. Sobre todo, la parte infernal de las dificultades para respirar, según informaban los medios.

 

Mi hijo Kostia, desde la lejana Mérida, me llamaba para darme un poco de aliento. Algunos exalumnos y amigos míos, también. Muchas gracias a todos ellos, no sé qué hubiera hecho sin su apoyo. Una amiga me consiguió otro laboratorio que no conocía yo y me dieron cita al siguiente día, el viernes 3 de julio. Gracias a Dios.

 

 

Por fin, pude hacerme la prueba, un servicio que debería ser fácil y que a mí, en México, me dio tanta angustia, me regaló algo de calma. Todavía tenía esperanza de que no fuera SARS CoV-2 (COVID 19). No podía ser, me cuidaba, soy fuerte, una vida de disciplina, ejercicio, cuidar mi alimentación, no fumo, no bebo alcohol. Alguna vez practiqué karate coreano y japonés, también flamenco. El martes 7 de julio recibí el correo del laboratorio.

 

Había salido positivo

 

Ya soy positivo, ¿y ahora qué sigue? Mi hijo Kostia entró en acción.

 

Entre tanto el señor López Gatell presumía todas las tardes que en México no estaba pasando lo que en otros países, que estábamos conteniendo la pandemia. Pero los números no mentían. De 8,000 muertos por COVID 19 (contabilizados, habría que multiplicarlos para llegar a una aproximación, según se explicaba en la prensa extranjera) subió a 12,000 a 15,000 a 20,000 hasta 33,526 fallecidos (el 9 de julio de 2020). “Pero lo estábamos conteniendo”, según el vocero, “hay camas de sobra”, dijeron. Pero una médica declaró en un noticiero que si había camas era porque los afectados precisamente, se estaban muriendo.

 

A mí lo que me tenía aterrorizado era que ya no pudiera respirar. No quería dormir por temor a que me sorprendiera la incapacidad de respiración. No tenía calentura, ya no me dolía el cuerpo, ni los músculos, solo tenía una fuerte tos y un gran cansancio. Empecé a hacer ejercicios de respiración como lo hacía en el karate. Me dijeron que me comprara un oxímetro y un tanquecito de oxígeno que valía treinta mil pesos.

 

Yo había tenido dinero para pagarme una prueba COVID 19, y los más pobres que no tenían ni para eso, ¿qué hacían? A la buena de Dios.

 

 

No había pruebas COVID al alcance de los mexicanos, dueños de una economía nacional que alguna vez fue la economía 14 de entre las más grandes del mundo.

 

Fue un error que el gobierno no facilitara la obtención de pruebas, que no impusiera como obligatorio el tapabocas. Los que tenían empleo estaban en paro y la mayor parte de la gente andaba como si fuera domingo o vacaciones, en grupos, en familias, con amigos, en fiestas particulares y a veces públicas, en tiendas, en las calles.

 

Paralelamente, vino la otra crisis, la económica. Millones de desempleados. Pero desde antes de la pandemia ya estaban mal las cosas con la economía. Yo soy derechohabiente del IMSS y del ISSSTE de toda la vida. Antes de 2018 estas instituciones públicas funcionaban bien, alguna vez había algo de desabasto, las largas filas, las burocráticas citas en las clínicas, etc., pero funcionaban.

 

La angustia y el temor empezaron a aumentar cuando me di cuenta que no tenía a dónde o a quién recurrir. Pensé que si me presentaba ante un médico y decía “COVID” se iba a negar a atenderme, a menos que fuera a un hospital caro que no podía pagar.

 

Hasta que una mañana pensé que no tenía nada más que pudiera ayudarme que mi hospital del ISSSTE. ¿Por qué no había ido antes? Solo hay una respuesta, por miedo… por miedo al COVID, por miedo a mí mismo, enfermo.

 

El miércoles 15 de julio tomé la decisión de ir al hospital Fernando Quiroz del ISSSTE, el que conocía bien y donde me he atendido por años. Y entonces empecé a recobrar la seguridad, cierta tranquilidad, no estaba tan solo. Al llegar vi lo que ya sabía, el hospital estaba cerrado, no había consultas ni estudios (aunque sí seguía funcionando el laboratorio) y solo se atendían los enfermos internos y a los que iban por medicamento mensual. Al primer vigilante le dije que iba por COVID y necesitaba una revisión médica. Me señaló, tras la reja de la puerta, una dirección. Allá fui. Apareció otro vigilante que al verme me puso la mano abierta al frente para que no siguiera acercándome. Le dije lo mismo que al otro. Me dijo, en esa puerta, señaló hacia atrás. Aclaré que de allí venía. No, la otra, ésa, y señaló. Descubrí una puertecilla alambrada, disimulada casi, que daba a la calle, sin letrero alguno, y sin gente esperando. Nunca pensaría que era allí. Me acerqué. Estaba entreabierta, con una banca de metal, en un espacio reducido, y un interfón con un ojo electrónico en la pared.

 

Era modesto el lugar, pero para mí fue la seguridad, el no sentirme aislado, desprotegido. Ya no tenía temor. Sin titubear llamé por el interfón. Me contestó una voz. Le explique que era COVID y necesitaba una revisión médica. Me identifiqué con la cartilla de derecho médico del ISSSTE. Le llaman carné o carnet. Lo mostré por el ojo electrónico. Esperé unos cuantos minutos. Se abrió una puerta al lado y salió una persona con el traje y protecciones contra el virus de pies a cabeza, no se le veían ni los ojos, detrás de unos anteojos como visores, que se pegan a la piel.

 

“¿Usted es el paciente?” Sí. “Pase por aquí”. Entré a una habitación pequeña, con otras dos personas como la primera. Una empezó a interrogarme. Síntomas. Estado actual. Mientras, la más pequeña me tomaba los “signos vitales”, oxigenación. Por cierto, que el termómetro era delgadito, cuando me lo pidió no lo encontraba. De alguna manera sí estaba un poco nervioso. Llevaba guantes de plástico con los que se pierde el tacto. También llevaba doble tapabocas y mis anteojos puestos. Tuve que sacarme la camisa del pantalón para encontrarlo. No tenía calentura. Presión y oxigenación, normal. Yo no notaba que tuviera dificultades para respirar. “Cuando sube las escaleras, ¿ya no puede respirar bien?” No. Tos fuerte y debilidad, algún dato diarreico reciente, falta de olfato normal, asco por algunos alimentos.

 

 

¿Ha tomado antibióticos, algún otro medicamente? Me recetaron antibióticos, pero no los compré, porque sé que para COVID no sirven. Muy bien hecho, me dijo el médico que ya lo había identificado.

 

Al llegar les había explicado que tenía una prueba COVID de laboratorio privado (se las mostré) y que no sabía qué hacer, que había hablado a Locatel, pero no era suficiente, que no había facilidad para hacerse una prueba COVID, entre otros razonamientos.

 

Kostia me había advertido que, a cualquier hora, si tenía dificultades para respirar, sin pensarlo pidiera una ambulancia al 911. Después me enteraría que no faltaban fraudes, que llegaba una ambulancia y cobraba entre 3,000 y 7,000 pesos el traslado a un hospital privado con el que, presumiblemente, los de la ambulancia estaban de acuerdo y cobraban precios muy, muy altos por todo.

 

Era la anarquía, o por lo menos el descontrol general. Pero ya estaba en el ISSSTE. Me dijeron que pasara a un pequeño apartado de esa habitación cerrada, oscura, donde había una cama de auscultación. Pregunté si me iba a acostar allí. No, nada más se pone contra la pared. Me dieron un cuadro oscuro para que lo abrazara y ya. Luego, el médico me dijo, acérquese para que vea sus pulmones y volteó la pantalla de su computadora.

 

“Salió muy bien, mire qué bonitos se ven. Hay un cierto velo blanco, pero no hay lesiones, nada, todo bien”. Pensé que ese velo era el causante de la tos, pero ya no lo confirmé, se me pasó, lo más importante es que estaba bien. Era lo que quería saber, y era un servicio al que tenía derecho. Qué maravilla. Se los agradecí muchísimo a esas personas anónimas, que no les vi la cara, y recibí una hoja con el relato de la revisión. “Se trata de masculino de tantos años…”. Medicamentos que ellos mismos me proporcionaron, Paracetamol (solo con dolor o fiebre), Loratadina, Benzonatato perlas, muy sencillos. “Alta de Urgencias adultos…”, “7 días más de…” y luego a su clínica -a padecer con la ineficacia de las clínicas familiares en general, dificultad para conseguir ficha, llegar a las 6:30 de la mañana. Los hospitales dan otra impresión.

 

Salí de Urgencias para COVID 19 (pensé que se llamaría Centro Covid o algo así), con otra imagen del mundo, hasta la luz del sol me pareció una canción de Juan Gabriel.

 

Finalmente, mi organismo reaccionó bien. Empezaron a disminuir las molestias a los seis o siete días y a los quince desaparecieron algunos síntomas. Al momento de redactar estas líneas me quedaba la tos, el cansancio y el recuerdo del miedo.

 

*Humberto Guzmán (Ciudad de México) es escritor y periodista. Ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Nacional de Novela Rubén Romero en el 2000. Ha obtenido las becas del Centro Mexicano de Escritores, la International Writing Program de la Universidad de Iowa y el estímulo del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Actualmente es Director de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM).

 

 

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