Falleció un hombre noble y de bien: Jacobo, el periodista que nunca dejó morir el lenguaje

Foto: T E

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Por José Luis CAMACHO LÓPEZ.- A él  le gustaba que le dijeran Jacobo, estrechaba cálidamente las manos de un voceador, de un taxista, de un limpiador de zapatos,  de una ama de casa, un estudiante, un comerciante, de un próspero empresario, de un político. El más humilde mexicano estaba en su corazón. Nunca olvidó su origen humilde. Fue un periodista excepcional que transitó de un mundo a otro, del bipolar al multipolar, entre un régimen político en México y otro; afrontó las dificultades y  el azaroso quehacer de informar y opinar que sólo los periodistas que compartimos  ese tránsito comprendemos;  una transición  hacia espacios de mayores libertades públicas que Jacobo contribuyó a construir, a esta construcción  Jacobo aportó su experiencia, su cultura, su profesionalismo, su nobleza y solidaridad con el gremio de los periodistas.

La última ocasión que lo saludé fue el 9 de junio de este año en la  Sinagoga del Templo Nidjei Israel,  fundada en 1941, en las calles de Justo Sierra, donde habló de su barrio, La Merced. Fue una plática amena, optimista, cálida, fresca y  espontánea que conmovió a todos los que asistimos a la charla sobre sus recuerdos de vida desde su niñez en el barrio de La Merced. El público gozó de sus palabras. Cuando salía ya apresurado, cerca del mediodía de ese martes nueve de junio para su programa de “Una a tres” en Radio Red, en el otro extremo de la ciudad,  le transmití un saludo de un amigo común,  hermanados  por  la vida, don Manuel Ramos Rivadeneyra, otro hombre noble y de bien. Lo recibió con gusto y una sonrisa. Diligente me pidió devolver el saludo a quien consideraba su hermano. Cuando le platiqué  de la edición de un medio de comunicación dedicado a los adultos mayores mexicanos, como TE, el diario de Tercera Edad, me miró y sonrió de nuevo.

En 2010 Jacobo colaboró en la edición de un libro conmemorativo de la aportación de los voceadores mexicanos a la construcción de las libertades públicas del país con un texto dedicado a los voceadores, quienes hacen posible que el ejercicio de las libertades de información y opinión circule por las calles de la Ciudad de México y de las ciudades del país. Lo tituló “El Voceador, mi cuate”.

Jacobo, un caballero de la palabra, periodista sin alardes, difícilmente hubiera reconocido haber sido víctima de alguna forma de discriminación, pero lo fue en ese bochornoso y penoso episodio de hace algunas semanas que representó la rectoría de la Universidad Veracruzana al negarle al periodista un Doctorado Honoris Causa, que él nunca pidió. Jacobo soportó estoico  la calumnia que al publicarla una polémica periodista en su espacio de internet, quien  tenía un noticiario de radio,  la secundó.

En la sinagoga del Templo Nidjei Israel, Jacobo mencionó la persistencia  de  la discriminación y del racismo en México, habló de ellas sin citar casos, pero  tres días después, el 12 de junio,   se difundió que un grupo de adolescentes representó en  el Coliseo Olímpico de la Universidad de Guadalajara,  la puesta en escena de un bailable con símbolos nazis. Las jóvenes vestían los uniformes de los soldados nazis  con svásticas en los trajes y con una enorme  bandera  que tenía inscrito el símbolo de Hitler.

El periodista nacido en La Merced en 1928 fue además abogado de causas nobles. Egresó de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México. Defendió su barrio y el Centro Histórico con incansable tenacidad. Su figura y trayectoria de informador como la de otras grandes figuras del periodismo mexicano ha sido juzgada como lo fueron otros luchadores de la libertad de expresión en este país. La transparencia caracterizó su vida periodística, lo mismo cubrió los eventos informativos de los presidentes mexicanos que el inicio de la Revolución Cubana o la tragedia de los sismos de 1985.

Vivió los cambios profundos en los medios de comunicación, de la prensa de los linotipos a las nuevas tecnologías de la comunicación que sustituyeron a la prensa impresa de los tipos de plomo  por las frías computadoras. Las redacciones cambiaron radicalmente, dejaron de escucharse los estridentes conciertos del tecleo de las máquinas Olivetti, Rémigton y los sonidos de los teletipos que imprimían los cables de las agencias de noticias internacionales. En los medios electrónicos la Amplitud Modulada a la Frecuencia Modulada en la radio; con la Internet, las transmisiones por la red de la radio y la televisión.

El quehacer periodístico despojado de fobias, prejuicios, sin dogmas ni fanatismos, limpio  de discordias y ruindad nunca ha sido fácil en México ni en otras latitudes. El  periodismo  dedicado a la función social, como el

que ejerció Jacobo, padeció anodinos,  envenenados e injustos reproches, nuestro medio, el del periodismo,  también es de crueldad, dobleces y traiciones.

Jacobo pertenece a una estirpe noble  del periodismo mexicano que se inicia desde las gacetas del siglo XVIII fundadas por Juan Ignacio Castorena y Ursúa; los periodistas del siglo XIX, Carlos María Bustamante y Jacobo de Villaurrutia, creadores en 1805 del Diario de México, el primer periódico cotidiano en nuestro país; de José María Cos, director del Ilustrador Nacional (1812); José Joaquín Fernández de Lizardi, editor de El Pensador Mexicano(1812-1813); Juan Bautista Morales, Mariano Otero e Ignacio Cumplido, editores del Siglo Diez y Nueve (1841-1896); Francisco Zarco, editor de El Demócrata (1850); Ignacio Manuel Altamirano, Redactor en Jefe de El Correo de México (1867); de Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, incansable fundador de periódicos; de  Vicente García Torres, editor de El Monitor Republicano (1844-1896); Filomeno Mata, fundador de El Diario del Hogar (1881-1912); Daniel Cabrera y Jesús Martínez Carrión, editores de El Hijo del Ahuizote (1885-1902); los hermanos Ricardo y Jesús Flores Magón, editores  de Regeneración (1900-1916); y Juan Sánchez Azcona, director de Nueva Era (1911-1913)

La vida del periodista Jacobo Zabludovsky en el siglo XX  se empata con los periodistas que fundaron El Demócrata, Rafael Martínez en 1914; El Universal fundado por Félix F. Palavicini; el Excélsior, creado por Rafael Alducín en 1917; El Popular fundado en 1938 por Vicente Lombardo Toledano; la revista Siempre! de José Pagés Llergo, fundada en 1937, punto de reunión de periodistas que hacían de la opinión un debate público en sus páginas del momento contemporáneo de la vida de México y del mundo, y de El Día que fundó Enrique Ramírez y Ramírez  en 1962 para ser tribuna de otro tipo de periodismo en una etapa dominada por las confrontaciones del Este y el Oeste.

Jacobo el periodista, el abogado de las causas nobles, el comunicador que nunca dejó morir el lenguaje.

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