La senectud en el México antiguo

Miguel LEÓN PORTILLA

leon portilla

Cuando un padre de familia del mundo náhuatl, en uno de los huehuehtlahtolli o testimonios de la antigua palabra, quiso expresar lo que más anhelaban él y su mujer como compensación por haber encaminado bien en la vida a sus hijos, dijo dirigiéndose a uno de ellos:

Ma yectli amihtauhca, in amotenyo. Auh ma no oncamopal niyec-huehue, niyec-ilama; ma zan in temico, nihalnomati nezotze, notlapallotze

Que sea buena vuestra fama, vuestro renombre. Y que también por tu causa sea yo un apreciado anciano, sea yo una apreciada anciana; que venga esto a cumplirse, venga yo a sentir orgullo de que tú eres mi sangre, tú que eres mi color[i]

Llegar a ser un yec-huehueh, yec ilama, un apreciado anciano, una apreciada anciana, aparece así a los ojos del hombre indígena como culminación suprema de su existencia. Para evocar lo que significó la vejez, huehuehyotl, en el México antiguo, atenderé aquí a cuatro aspectos de ella: 1) su ubicación en el contexto del ciclo vital; 2) los atributos morales que se piensa le corresponden; 3) su papel como conciencia de la historia;  y 4) su vinculación con el universo de las realidades divinas. Atendamos a cada uno de estos puntos.

El anciano, la anciana, en el transcurso de la vida en familia

Con dos palabras, en verdad expresivas, se designa en náhuatl al núcleo primario de la sociedad, la familia. Una es cencalli, que significa “la casa unitaria”; la otra, cenyenliztli,  “existencia de quienes viven entera y juntamente”. Sobre la base de esta primera realidad de los que viven y existen en forma unitaria, se consolidaron estructuras sociales más amplias y complejas. En ellas sobresales la de los calpulli, literalmente “conjunto de casas”, agrupamientos de familias, vinculadas por un linaje en común y asentadas en un lugar cuyos recursos comparten. Los pueblos y ciudades se formaban a su vez a partir de la organización de los calpulli. El gran conjunto de éstos y del estrato de los que ejercían la función del gobierno – los pipiltin de antiguo linaje tolteca- integraba el ser de la sociedad prehispánica, y daba origen en última instancia a un tlatocáyotl, concepto equivalente al de “señorío” o “estado”.

A la luz precisamente de estas realidades primordiales de la familia, la sociedad y el estado prehispánicos, es como debemos plantearnos la cuestión que aquí nos interesa esclarecer: ¿qué significación se daba en el México antiguo a la vejez, es decir a haber llegado a la condición de huehuehtzin  e ilamatzin, reverenciado anciano, reverenciada anciana?

Como en otras culturas del Viejo Mundo, también en el México prehispánico había clara distinción entre las varias edades. Se hablaba así de una te-piotl, edad de quienes viven como hijos y que abarcaba la infancia y la temprana juventud hasta que, telpochtin e ichpochtin, muchachos y muchachas, formados ya en sus escuelas, daban origen a otra nueva cencalli, cenyeliztli, “casa unitaria”, “existencia de quienes viven entera y juntamente”, una nueva familia.

Segunda edad era la del varón y la mujer en la plenitud de su ser físico: omácic oquichtli, omacic cihuatl, “el hombre y la mujer ya logrados”. A ellos correspondía encaminar en la vida a sus coconetin, infantes, piltontin, niños, y telpochtin, jóvenes.

Como consumación plena del ciclo del existir humano aparecía a los ojos de los antiguos mexicanos la huehueyotl, senectud o vejez. Interesante es que precisamente en relación con este concepto se estableciera, con un determinado número de años, una de las medidas del tiempo en las cuentas calendáricas, tal como se usaban en la región del altiplano central. Esta medida o ciclo era la huehuehtiliztli, “cumplimiento de la vejez”, periodo de ciento cuatro años. Contrastando con la larga duración de este ciclo, en verdad de vejez prolongada, estaba el de la mitad del mismo o xiuhmolpilli, “atadura de años”, exactamente de cincuenta y dos. En la tradición prehispánica quienes llegana a una “atadura de años”, iniciaban el ciclo de esta tercera edad que podía prolongarse en casos excepcionales hasta más allá de una centuria, en la plenitud de la huehuehtiliztli, consumación de la vejez.

La figura ideal del anciano: sus atributos morales

Para la sociedad prehispánica la huehuehyotl, senectud, no implicaba necesariamente un estado de decrepitud, pérdida de las facultades por efecto de la edad, ya que podía abarcar desde una simple atadura de cincuenta y dos años hasta el doble de ese lapso, la huehuehtiliztli o consumación de la senectud. Lo que esta tradición parece así insinuar lo confirman varios textos de procedencia prehispánica que citaré y comentaré brevemente.

Fortuna nuestra es que de los dos mundos de cultura en los que se fincan las más hondas raíces culturales de México, el ámbito mesoamericano indígena y el del Mediterráneo en su versión hispánica, provengan testimonios en los que se analiza y valora la significación de haber vivido buen número de años sobre la tierra. Al romano Cicerón debemos el espléndido texto intitulado De senectute, elogio supremo de esta tercera edad. A Baltasar Gracián, español, que vivió de 1601 a 1658, podemos agradecer, en su obra El criticón, una penetrante tercera parte que intituló “En el invierno de la vejez”. Por otro lado, a nuestros ancestros indígenas, autores de rica literatura en náhuatl, cabe adscribir también penetrantes reflexiones en torno a la huehuehyotl. Comenzaré ofreciendo la traducción que he preparado de dos textos, incluidos en el Códice Matritense, en que se describen las figuras ideales del huehueh, el anciano, y la ilama, la anciana.

El anciano

El reverenciado anciano: hombre anciano

de cabello blanco, cabeza blanca,

recio, hombre de edad, de mucho tiempo,

experimentado, que se ha esforzado.

El buen anciano, afamado, honrado,

que aconseja a la gente,

dueño de la palabra, maestro.

Refiere, manifiesta,

lo que aconteció en la antigüedad.

Pone ante los otros ancho espejo,

por ambos lados perforado,

yergue sobre ellos

gruesa tea que no ahúma […][ii]

La anciana

La reverenciada anciana: noble anciana,

corazón de la casa, rescoldo del hogar,

custodia del mismo.

La buena, reverenciada anciana.

que aconseja a la gente, la amonesta,

luz, antorcha, espejo, turquesa, dechado.[iii]

En uno y otro texto puede percibirse el reconocimiento de varios atributos compartidos por ancianos y ancianas. Primeramente está la larga experiencia que se descubre en ellos, raíz de sabiduría. Esto es permite dar consejos, amonestar en el seno de la familia a los más jóvenes. De ancianos y ancianas se dice que son como ancho espejo, gruesa tea que no ahúma, turquesa y dechado. Por otro lado se afirma del anciano que es él quien refiere, manifiesta a la sociedad lo que aconteció en tiempos antiguos. En verdad, en el contexto del mundo náhuatl, correspondía a los ancianos preservar y comunicar las tradiciones. Y por lo que toca a la reverenciada anciana hay dos rasgos que merecen ser destacados. Es ella corazón de la casa, rescoldo del hogar. Por lo mismo, bien puede tenerse como custodia, guardián de lo más preciado en la cenyeliztli, “existencia unitaria de la familia”. Veamos ahora lo que nos dicen los testimonios nahuas acerca de otros atributos de experiencia y sabiduría moral que se piensa corresponden a los ancianos. Daré en primer lugar la versión al castellano de parte de un huehuehtlahtolli, “antigua palabra” en que reluce el rasgo de maestros, propio de la vida a las nuevas generaciones. Aquí la figura del huehueh aparece actuando en el ámbito de la cenyeliztli, “estado de quienes viven entera y conjuntamente”, es decir en la familia. Escuchemos la antigua sabiduría tocante a lo que es bueno y valioso en la tierra:

Así andan diciendo los ancianos: para

que no siempre andemos gimiendo

para que no estemos llenos de tristeza

el Señor Nuestro nos di a los hombres

la risa, el sueño, los alimentos nuestra

fuerza y nuestra robustez y finalmente

el acto sexual, por el cual se hace

siembra de gentes.

Todo esto embriaga la vida en la tierra,

de modo que no se ande siempre

gimiendo. Pero, aun cuando así fuera,

si saliera verdad que sólo se sufre, si así

son las cosas en la tierra, ¿acaso por

esto se ha de estar siempre con miedo?

¿Hay que estar siempre temiendo?

¿Habrá que vivir llorando?

Porque se vive en la tierra, hay en ella

señores, hay mando, hay nobleza,

águilas y tigres. ¿Y quién anda diciendo

siempre que así es la tierra? ¿Quién

anda tratando de darse la muerte? Hay

afán, hay vida, hay lucha, hay trabajo.

Se busca mujer, se busca marido […][iv]

Así dejaban oír los ancianos sus palabras para bien del núcleo donde florece el máximo acercamiento entre los humanos, la familia.

Citaré ahora otro antiguo testimonio que contraste con el anterior. En él habla un padre nahua que amonesta a su hijo acerca de lo que ocurrió a unas ancianas que habrá que calificar de libidinosas. Podría pensarse por ello que, lejos de ser estas palabras una exaltación de la senectud, conllevan manifiesto vituperio. Sin embargo, si bien se mira, el relato, que podría parecernos picaresco, al mostrar como caso de excepción el comportamiento de dichas ancianas, es reafirmación de lo que pensaban los nahuas debía ser – y de hecho lo era casi siempre – el comportamiento moral de los entrados ya en años. Éste es el texto, incluido en el Códice Florentino:

codice

He aquí una, dos palabras, aprende de ellas, para que todo esto sea tu ejemplo, tu dechado. De ello tomarás cómo habrás de vivir limpiamente en la tierra.

En tiempos de Nezahualcóyotl fueron detenidas dos ancianas de cabeza ya blanca; su cabeza como de nieve, como si estuviera cubierta de fibras de maguey.

Fueron apresadas porque anduvieron, hicieron adulterio, traicionaron a sus maridos, sus hombres ya viejos. Tuvieron que ver con unos jovenzuelos.

El señor Nezahualtcóyotl les preguntó a ellas, les dijo: – Oh, abuelas nuestras, escuchad. ¿Qué pensáis? ¿Acaso todavía deseáis las cosas del sexo? ¿No estáis ya saciadas a vuestra edad? ¿Cómo vivísteis cuando aún erais jóvenes? Hablad, decídmelo, puesto que por esto os halláis aquí.

Las ancianas respondieron: – Señor, tú que gobiernas, Señor Nuestro, recibe, escucha. Vosotros los hombres, os cansáis, os acabáis, pronto os destruís. Ya es todo; ya nada queda por desear. Pero en esto, nosotras las mujeres no nos cansamos, porque hay en nosotras una cueva, un barranco cuyo único quehacer es aguardar lo que se le da; cuya única función es recibir. Pero si de esto tú ya eres impotente, si tú ya no te excitas, ¿para qué serás ya?

Y esto, hijo mío, sé muy cuidadoso en la tierra. Vive con calma; en paz. No vivas en el vicio, en lo que es sucio en la tierra.[v]

Lo que el padre ha recordado a su hijo lo lleva a concluir que, si desea conservar por mucho tiempo su capacidad sexual, no debe comportarse como, según las ancianas libidinosas, solían hacerlo los hombres. Las preguntas del sabio Nezahualcóyotl aparecen a su vez como reproche a estas mujeres de cabeza ya blanca, de las que dice podría suponerse estaban ya saciadas de sexo. La lección es también que la moderación en la juventud puede tener como feliz consecuencia que, incluso en lo que hoy llamamos “tercera edad”, los placeres del sexo acompañen aun a ellos y a ellas.

 

Los entrados en años: conciencia de la historia

Correspondía a los huehuehtque preservar las tradiciones y, en general, los testimonios referentes al pasado. Como ejemplo de que los cronistas indígenas tomaron muchas veces en cuenta el testimonio de los ancianos, citaré lo expresado por Tezozómoc al principio de su célebre Crónica Mexicáyotl o ce la mexicanidad, escrita en náhuatl. He aquí sus palabras:

Así lo vinieron a decir,

así lo asentaron en su relato

y para nosotros lo pusieron en sus papeles,

los ancianos, las ancianas.

Eran nuestros abuelos, nuestras abuelas,

nuestros bisabuelos, nuestras bisabuelas,

nuestros tatarabuelos

nuestros antepasados.

Se repitió como un discurso su relato,

nos lo dejaron,

y vinieron a legarlo,

a quienes ahora vivimos,

a quienes salimos de ellos.

Nunca se perderá, nunca se olvidará,

lo que vinieron a hacer,

lo que vinieron a asentar en las pinturas:

su renombre, su historia, su recuerdo.

Así en el porvenir

jamás perecerá, jamás se olvidará,

siempre lo guardaremos

nosotros, hijos de ellos, los nietos,

hermanos, bisnietos, tataranietos,

descendientes,

quienes tenemos su sangre y su color,

lo que vamos a decir, lo vamos a comunicar

a quienes todavía vivirán, habrán de nacer,

los hijos de los mexicas, los hijos de los tenochcas […][vi]

Así proclamó el cronista indígena que, gracias a la tradición viviente en el recuerdo de los huehues, podrían los historiadores de otras épocas comunicar el viejo legado a quienes todavía habrían de nacer, los mexicanos de todos los tiempos.

En otro texto, del gran conjunto de la literatura de la tradición prehispánica, aparece también la figura de los ancianos, pero esta vez como participantes en la secuencia de la historia, en aconteceres muy dignos de ser recordados. Se trata de un relato que habla de los antiguos pobladores a lo largo de las costas de México, poseedores de la “tinta negra y roja”, símbolo de la sabiduría y de lo que se pintaba en los libros o códices. Se proclama allí que lo que va a evocarse es lo que decían los ancianos. Más adelante se habla de la participación que hombres y mujeres de edad avanzada tuvieron cuando, de entre esos antiguos pobladores, algunos subieron al altiplano central y se dirigieron al lugar donde se fundó Teotihuacan. De manera inequívoca pone este texto de relieve la participación de los ancianos en un hecho de interés primordial para la comunidad.

He aquí el relato

que solían decir los viejos:

en un cierto tiempo

que ya nadie puede contar,

del que ya nadie ahora puede acordarse,

quienes aquí vinieron a sembrar

a los abuelos a las abuelas,

éstos, se dice,

siguieron el camino,

vinieron a terminarlo,

para gobernar aquí en esta tierra,

que con un solo nombre era mencionada,

como si se hubiera hecho esto un mundo

pequeño […][vii]

Los descendientes de esos abuelos y abuelas, según lo consigna este antiguo relato, dieron origen a otros importantes asentamientos humanos. Entre ellos sobresalen el mítico lugar de Tamoanchan y Teotihuacan. He aquí la palabra indígena que habla de los huehues fundadores de Teotihuacan.

En seguida se pusieron en movimiento,

todos se pusieron en movimiento:

los niñitos, los ancianos,

las mujercitas, las ancianas.

Muy lentamente, muy despacio se fueron,

allí vinieron a reunirse en Teotihuacan.

Allí se dieron las órdenes,

allí se estableció el señorío.

Los que se hicieron señores

fueron los sabios,

los conocedores de las cosas ocultas,

los poseedores de la tradición.

Luego se establecieron allí los

principados […][viii]

Se nos muestra así, vinculada a las raíces mismas de la antigua cultura, la presencia de hombres y mujeres de cabeza cana. Son ellos, además de poseedores de la sabiduría moral, celosos guardianes del recuerdo que es el sustrato de la historia. En el ámbito de lo humano sobresalen estos atributos como propios de quienes han alcanzado la longevidad. Ahora bien, existen otros testimonios que pueden llevarnos a inferir, en su meollo más hondo, el pensamiento de los antiguos mexicanos en torno a la senectud.

La senectud en el universo de la divinidad

Entramos ya al ámbito del saber náhuatl sobre el universo de los seres divinos. Recordaré que el estudio de la documentación indígena al alcance permite afirmar que para los sabios prehispánicos el Dios Supremo, Tloque Nahuaque, “Dueño del cerca y del junto”, Yohualli, Ehecatl, “El que es como la noche y el viento”, es un ser dual: Tonantzin, Totahtzin, “Nuestra madre, Nuestro padre”. Ahora bien, y esto es lo que aquí interesa subrayar, para expresar el carácter de raíz primordial de ese ser supremo, se le invocaba identificándolo con Huehuehteotl, “El dios anciano”, el que aparece en tantas pequeñas figuras de barro y grandes esculturas en piedra, desde el horizonte preclásico de Mesoamérica. Como en síntesis, es objeto en este texto del más pleno reconocimiento:

Madre de los dioses, padre de los dioses:

Huehuehteotl, el dios anciano,

el que está en el ombligo de la tierra

en su recinto de turquesas,

en las aguas color de pájaro azul,

en que está circundado de nubes,

el dios viejo, en donde no hay muerte,

el señor del fuego y del tiempo.[ix]

El dios viejo, Huehuehteotl, señor del fuego y del tiempo, es símbolo de sabiduría, omnipresencia y perduración. Como los huehues en la tierra, es él raíz que presta apoyo, padre y madre de todos los vivientes. Así aparece representado en varias páginas de códices como el Borgia, dios y diosa sentados juntos, con arrugas en sus rostros pero a la vez con los símbolos de la sabiduría y la vida que nunca se acaba.

Tomando conciencia de este será más fácil percibir por qué en las comunidades indígenas, las antiguas y las que hoy perduran en el ser integral de México, los reverenciados ancianos y ancianas no son tenidos como carga o presencia fastidiosa sino como rostros y corazones, turquesa preciosa, cuya sabiduría es luz y dechado en la tierra. Presencia esencial de la familia y sociedad, sin ellos el universo de historia y cultura se tornaría incomprensible. Ésta es la lección evocada aquí en brevísima síntesis, derivada de un acercamiento a los ancestros nativos. Sus palabras, henchidas de sentido en su mundo de cultura, no obstante el transcurso de los siglos, son para nosotros mensaje de significación perdurable.

[i] Huehuehtlahtolli. Testimonios de la antigua palabra, estudio introductorio de Miguel León-Portilla  y versión de los textos nahuas de L. Silvia Galeana, Comisión Conmemorativa del V Centenario del Encuentro de Dos Mundos, México, 1988, p.351

[ii] Códice Matritense del Real Palacio (textos en náhuatl de los indígenas informantes de Sahagún), edición facsimilar de Del Paso y Troncoso, Madrid, 1906, fol.95 v.

[iii] Íbid.,  fol. 95 v.  y 96  r.

[iv] Códice Florentino, edición facsimilar de Del Paso y Troncoso, Madrid, 1905, libro VI, cap. XVIII, fol. 74 v.

[v] Códice Florentino, op. cit., vol. II, libro VI, fol. 98 v. y 99 v.

[vi] Fernando Alvarado Tezozómoc, Crónica Mexicáyotl, traducción de Adrián León, Instituto de Investigaciones Históricas- Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1975, fol. 1.

[vii] Códice Matritense de la Real Academia de la Historia (textos en náhuatl de los indígenas informantes de Sahagún), edición facsimiliar de Del Paso y Troncoso, Madrid, 1907, fol. 191 r.

[viii] Íbid., fol. 195 r.

[ix] Códice Florentino, op. cit., libro VI, fol. 34 r.

Fuente: Rostro y corazón de Anáhuac,  Asociación Nacional del Libro A.C., 2002, pp. 93-106