Por qué matan periodistas en México

  • La muerte de otra periodista en Chihuahua poco importa en México.
  • Aprovechan la tragedia de su familia los comerciantes de la información.
  • Salen a la luz los simuladores del periodismo

Susana Sánchez.-En México sigue abierta la pregunta: ¿por qué matan periodistas? Lo único que sabemos es que los matan o desaparecen, pero no sabemos más, lo mismo en Chihuahua, que en Veracruz, Guerrero, Tabasco, Sinaloa, Sonora, Michoacán, la Ciudad de México.

Lo mismo las mandan golpear como ocurrió con la reportera Karla Silva Guerrero, de El Heraldo en Silao, por su labor periodística, el 4 de septiembre de 2014, en su propio escritorio de la redacción de ese periódico, que las asesinan como fue el crimen de la periodista  Miroslava Breach Velducea.

En el país hay diferentes tipos de periodistas: desde los que viajan a Estados Unidos para hurtarse un yersey, con la acreditación de un periódico que se jactaba de decir lo que otros callan, los que hacen de la información y la opinión un vil y redituable  comercio comprando  periódicos en quiebra o alquilan  espacios en las estaciones de radio, o los que se dedican a ser correos del poder, al servicio de funcionarios y dirigentes políticos, o  los que simulan ser periodistas y se dedican a la adulación de políticos, los “corre ve y dile”;  los que abren micrófonos o grabadoras para  que les digan lo que quieran  funcionarios o políticos que aman el sonido de su propia voz en micrófonos, columnas periodísticas o notas informativas.

Sin embargo también hay otro tipo de periodistas en México,  quienes hacen a un lado la autocomplacencia y el chantaje para servir  mediante su profesión a una sociedad mexicana cada vez más confundida, ausente o sorda verdaderamente  urgida de un periodismo que reivindique una actividad que Francisco Zarco defendió con entereza en el siglo XIX.

En la marcha del sábado del monumento al Ángel de la Independencia al edificio de la PGR para exigir justicia por el crimen de Miroslava los que más faltaron fueron los periodistas, periodistas a secas, los que no buscan reflectores ni protagonismos y sufren de bajos salarios, despidos, horarios excesivos y tampoco cuentan con  garantías para sus vidas.

Periodistas y organizaciones marchan el 25 de marzo del 2017. Foto: Yazmin Ortega Cortes

En esa escuálida marcha había académicos, articulistas, actores, padres de los 43, sacerdotes, amas de casa, algunas niñas y niños, estudiantes, rectores,  pero no los que sudan las notas a diario, apenas había un puñado  de reporteros que reclamaban justicia para los  123 periodistas asesinados o desaparecidos  a partir de que México entró en la llamada alternancia democrática, que llevó al poder presidencial a un empresario de la Coca Cola por el partido que se fundó en 1939 como respuesta a la expropiación petrolera de 1938.

En esa  tarde sabatina los que más faltaron fueron los reporteros, los periodistas del día a día, los que redactan las notas informativas, realizan reportajes, entrevistas, buscan afanosamente el “chacaleo”, quienes nutren los actos de los funcionarios públicos y de políticos, en los salones de Los Pinos, del presidente de la República, de  los secretarios de Estado, los del Jefe de Gobierno, de las Comisiones de Derechos Humanos, los que no gozan de prestaciones sociales, los que son contratados ahora por la figura del out sourcing, o por honorarios, y ahora envían sus informaciones por sus teléfonos celulares, graban sonido o por audio, polivalentes, les dicen ahora, porque  la hacen de todo y  les acreditan en varias fuentes informativas, los que sufren discriminación en los famosos corrales que inauguró Porfirio Muños Ledo en la Cámara de Diputados; los que  son discriminados, despreciados, mal pagados; muchos de ellos egresados de universidades, de la Carlos Septién García, de las escuelas “patito” de comunicación.

Ellos, los periodistas, faltaron, por eso difícilmente en el poder los periodistas son respetados, porque hay una gran ausencia de relaciones solidarias, mancomunadas, entre los “pintarrayas”, los fotógrafos, los más discriminados; y los directivos periodistas que son empleados de las diferentes empresas periodísticas en manos de empresarios, cuya rentabilidad  es medida por su número de anuncios o convenios de publicidad, empresas cuyos pagos de impuestos son secretos de Estado.

En esa marcha también faltaron los dueños de las empresas de la comunicación, los de la empresa donde uno de sus directores usaba sus credenciales para acreditarse en coberturas que no le correspondían, los dueños de hospitales, del mismo periódico donde laboraba como corresponsal la periodista asesinada.

La muerte de la periodista de Chihuahua vino a develar las ingratas condiciones en que se realiza el periodismo mexicano, entre la lucha por la veracidad y la rentabilidad que exigen los empresarios de la comunicación mexicana. El periodismo en México es un oficio débil mientras la sociedad no se haga cargo  de medios periodísticos que les sean útiles, ajenos a los arreglos políticos-empresariales que  cada día se vislumbran en las ediciones  de los  noticiarios y  medios impresos del país.

Tal es el contexto de los ataques que sufre el actual gobernador de Chihuahua, un  académico universitario, un político que desarrolló durante su asistencia en el Congreso el derecho a la información y quien es una víctima de un tipo de simulación periodística que parece defender los derechos de sus audiencias, pero que en realidad manifiesta “informativamente” sus reproches por la falta de arreglos publicitarios.

Si bien el gobernador Javier Corral cometió la falta y la torpeza de estar en una partida de golf en un estado lejano a sus funciones de servidor público, mientras en su estado se suscitaban hechos de violencia y el posterior asesinato proditorio de la periodista,  este hecho lo colocó en una frágil posición para recibir los reproches de publicidad no declarados abiertamente de empresas periodísticas, o bien  es víctima de venganzas de periodistas con los que tuvo diferencias comerciales o que son utilizados para enviarle mensajes políticos.

Desde el presidente de la República, en sus tiempos de gobernador en el Estado de México,  se conocen y se documentan las debilidades y flaquezas del periodismo y periodistas en México, de sus necesidades de complementar sus raquíticos salarios, o bien de los que hay que pagarles por publicidad disfrazada de información o de opiniones, tan común en los noticiarios de radio y en los periódicos.

Las crisis económicas de los periódicos los  hacen más frágiles y fáciles presas de un poder político que conoce bien las circunstancias de sus agobios financieros por falta de publicidad, la que han  convertido en su principal fuente de ingresos las empresas periodísticas.

Lo más grave de la situación de los asesinatos de periodistas en México es la indiferencia: desde el propio Presidente de la República hasta el servidor público del más bajo nivel salarial, se sienten ajenos a este grave deterioro de la vida democrática del país;   solamente algunos que buscan rentabilidad política y protagonismo, voltean a ver la larga fila de cadáveres de periodistas, de los que solamente sabemos que los matan, pero no sabemos el porqué de cada uno de esos viles crímenes que como en  el caso de Miroslava Breach, no forman parte  prioritaria de la agendas Setting gubernamentales. Por ello  el periodismo mexicano está cada vez  más cargado de las   rutinas de siempre,  del día a  día,  de un periodismo  vacío, fatuo, engreído,  insulso, anodino, simulador, comodín o vocero  de los actores del poder.

Así lo evidenció la marcha del sábado para protestar por el asesinato de Miroslava,   de la que dice El País, al iniciar su nota: “Decenas de periodistas protestaron el sábado por la violencia contra los periodistas que ha dejado 123 informadores asesinados desde el año 2000”.

¿Por qué matan periodistas en México?