Letra muerta los derechos de las mujeres mexicanas más pobres

 

  • La presencia femenina en el mercado laboral ha crecido, pero la mayoría se ubica en los trabajos de más bajos ingresos, en la economía informal

 

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José Luis Camacho López.-Tiene 38 años, más de 15 años trabajando en tareas de limpiar las calles y recoger la basura, es una de las tareas más ingratas y pesadas para una mujer. Recoge desperdicios de alimentos y basuras, que, sin ser separadas, orgánica y no orgánica, muchas veces vecinos sin escrúpulos abandonan fuera de sus casas, esquinas, parques o jardines.

 

Virginia, sin ningún tipo de derechos, pero sí de obligaciones, trabaja de esa forma de explotación laboral sin salario fijo, en una colonia del sur de la Ciudad de México. Le han dicho que la Jefa de Gobierno, Claudia Scheinbaum, no le dará base a trabajadoras como ella, por lo tanto está condenada a recibir propinas de vecinos por realizar una de las tareas más opacas en la vida de una urbe como la capital mexicana con más de nueve millones de habitantes donde diariamente se recogen millones de toneladas de desperdicios y basura de todo tipo.

 

Virginia carece de servicios médicos y mucho menos de una pensión, no tiene días de descanso, regularmente trabaja toda la semana.

 

La mañana del domingo 31 de marzo, Virginia armaba escrupulosamente las escobas dedicadas a barrer las calles de esa colonia de la alcaldía de Coyoacán, son escobas que implican el uso de una pequeña fogata con unas varas especialmente destinadas a esa ruda tarea urbana. Como Virginia hay muchas mujeres en la capital mexicana que han salido de sus hogares para sufragar sus gastos familiares. Se desconoce su número y para las autoridades de las alcaldías y de la Jefatura del Gobierno de la Ciudad de México no se encuentran en las nóminas de sus trabajadores, simplemente no existen.

 

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Lo que más agravia a Virginia es una vejez sin futuro, aún no lo piensa. Las condiciones de trabajo, bajo las cuales labora sin ningún tipo de prestación, a Virginia como a otras miles de mujeres mexicanas, con ingresos irregulares, que habitan en un mundo de informalidades, su destino está marcado desde ahora por la profundización de su desigualdad social.

 

Felicitas acaba de cumplir 82 años. Trabaja formalmente de lunes a sábado en un horario de las siete de la mañana a las tres de la tarde. Su trabajo es similar al de Virginia. La empresa de limpieza que la ha contratado apenas hace unos meses le encarga la limpieza de pasillos, baños y oficinas de un organismo dedicado a la defensa de los derechos humanos. Le dan unos quince minutos para sus alimentos, pero cuando le duelen las piernas trata de descansar. S escapa algunos minutos de la mirada inquisitiva y permanentemente de sus supervisores, sobre todo de una joven que la persigue y le tiene ojeriza.  Le han ordenado y reiterado que no puede descansar por su edad, que no puede perder el tiempo y dejar de cumplir las tareas que le asignan. Le dicen que hay que limpiar otras oficinas o sacar limpiar los excusados de los baños.

 

Felicitas percibe mil 600 pesos quincenales, habita un inmundo cuarto en los Pedregales de Santo |Domingo, al sur de la capital mexicana por el que paga tres mil pesos mensuales. No tiene baño propio, recurre a uno de uso colectivo que forma parte de los cuartos que le renta una dueña que un inmueble que aún se encuentra casi en obra negra.

 

Cuando tiene alguna dolencia en sus piernas acude a la Clínica 19 del Seguro Social que se encuentra muy cerca del centro histórico de esa alcaldía, forma en UniFila para ser atendida, pero al llegar con la doctora que le asignan se encuentra con una servidora pública que le dice que sus quejas tienen que ver con que “es vieja” por lo cual prefiera acudir a las farmacias privadas para que la atiendan adquiere con sus salario sus medicinas.

 

A largo de su vida laboral es la primera vez que goza del Seguro Social, pero prefiere ir con el doctor Simi. Evita los reproches de su doctora por ser persona mayor. No tiene hijos, sus hermanas ya se casaron, y ella ha observado que los hijos o hijas de personas de su edad que conoce, no son atendidas y menos protegidas, por eso se siente mejor el no haber tenido descendientes y vivir en forma independiente.

 

Felicitas, cuando tuvo que habitar cuartos de azotea, se dio cuenta de madres que dejaban a sus hijos o hijas encerrados porque tenían que ir a trabajar. Pasaban muchas horas esos infantes y lo que más le sorprendió que estos niños o niñas por hambre llegaban al extremo de comerse su “pupó”.

 

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No aprendió a escribir, apenas hace unos garabatos al firmar la nómina con su pago, le costó trabajo aprender a leer. No registra fechas precisas, recuerda que fue cuando murió el actor Jorge Negrete- en la década de los cincuenta. No sabe hacer cuentas, así que no cuenta su dinero cuando lo recibe. Se queja mucho de los supervisores de la empresa de limpieza, sobre todo de la joven de la cual no sabe su nombre, quien la acosa, la persigue porque llega a ocultarse para tomar algún alimento o descansar de las largas faenas de trabajo de limpieza.

 

Cuando era niña, Felicitas sufrió la separación de su madre y de su padre, y tuvo que venir a la Ciudad de México, junto con sus hermanas, y en la víspera del Día Internacional de la Mujer 2018, no sabe de qué existe el derecho a la dignidad, a no ser perseguida laboralmente y tampoco tiene idea de que tiene derecho a la Pensión Alimentaria que ofrece a las personas mayores el gobierno del presidente Andrés López Obrador ni tampoco que tiene derecho, por su edad, a un estado de bienestar y tampoco sabe, que al estar afiliada al Seguro Social, debe ser atendida con prontitud a recibir los tratamientos médicos de un geriatra por su edad de 82 años.

 

No existen estadísticas precisas en México sobre las mujeres mayores que laboran a la edad de Felicitas y regularmente en trabajos de limpieza de excusados, baños, oficinas, escaleras, patios de inmuebles que ocupan dependencias públicas o en instituciones como el Sistema de Transporte Colectivo, mejor conocido como el “Metro”. Son personas mayores, mujeres y hombres que laboran en trabajos de limpieza con salarios mínimos como los que percibe Felicitas.

 

La “Jefa” María mantenía un puesto semifijo de frutas y verduras sobre la acera de una calle cerca del mercado de Portales, a una media cuadra de Calzada de Tlalpan, una de las arterias de mayor circulación de la Ciudad de México. El alcalde de Benito Juárez, del Partido Acción Nacional, un partido conservador adverso al gobierno de la Ciudad de México en manos del Movimiento de Regeneración Nacional, determinó retirar todos los puestos semifijos de los alrededores de ese popular mercado público de la colonia Portales.

 

La “Jefa” María tiene 85 años, se ha dedicado gran parte de su vida laboral a la venta de productos precederos, contrata a jóvenes indígenas provenientes del estado de Oaxaca; estos días lo hace en el clandestinaje, cuidándose de los inspectores de vía pública de esa alcaldía de la capital mexicana, que no le quiten su puesto y echen a perder sus mercancías.

 

María Luisa González Marín, del Instituto de Investigaciones Económicas (IIEc), explicó en una entrevista que, aunque la participación de la mujer en el mercado laboral nacional se incrementó, sobre todo en los años 80 del siglo pasado, no alcanza ni la media de América Latina, que es de más de 50 por ciento y está por debajo de países como Perú.

 

En México, como en otros países, dijo esta especialista universitaria, las demandas no resueltas se relacionan con el acceso de ellas a la educación, al trabajo en igualdad de condiciones o a los derechos sexuales y reproductivos, así como erradicar la violencia en su contra, que en una de sus formas exige estereotipos de belleza inalcanzables, dijeron expertas de la UNAM.

 

La presencia femenina en el mercado laboral ha crecido, pero la mayoría se ubica en los trabajos de más bajos ingresos, en la economía informal, el comercio y los servicios, o en industrias como la textil y en las maquiladoras, señaló González Marín.

 

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De acuerdo, a datos citados por González Morín, mientras 78 de cada cien hombres de 15 años y más disponibles para producir bienes y servicios son económicamente activos, en el caso de ellas son sólo 44, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (2018). A esto, mencionó esta universitaria, hay que sumar que en la nación siete de cada 10 mujeres con un empleo, 68 por ciento, gana como máximo cinco mil 300 pesos mensuales, equivalentes a dos salarios mínimos.

 

Para conmemorar El Día Internacional de la Mujer 2019, la Organización de las Naciones Unidas decidió el lema: “Pensemos en igualdad, construyamos con inteligencia, innovemos para el cambio” para reconocer las formas transformadoras que fomenten la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres, con énfasis en los sistemas de protección social, acceso a los servicios públicos e infraestructura sostenible, que satisfagan las necesidades de mujeres y niñas, y se alcance la igualdad de género que requiere el país.

 

Sin embargo, en realidades como la mexicana, las mujeres mexicanas que trabajan lo hacen en condiciones de desigualdad laboral, empezando por los salarios. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos considera necesario alcanzar soluciones que vayan más allá del reconocimiento de la disparidad de género.

 

Por las condiciones en que trabajan ni Virginia ni Felicitas ni tampoco “La Jefa” María tienen asegurada una pensión para una vejez digna como postula la Constitución de la Ciudad de México. Probablemente estas mujeres trabajadoras la única oportunidad que tienen para acceder a un tipo de pensión económica no contributiva, es la que ofrece el gobierno de la Ciudad de México desde la administración como Jefe de Gobierno, en el año 2004, y actual presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador.

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