¿Qué tipo de periodismo desea López Obrador?

 

  • Ha pedido “una prensa crítica, objetiva, que esté cercana al pueblo, alejada del poder, pero no sólo del poder público, del poder económico”

 

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José Luis Camacho López.-Durante sus conferencias madrugadoras, los reporteros tienen que llegar antes de las 6:30 de la mañana a Palacio Nacional, el presidente Andrés Manuel López Obrador, bajo su criterio y larga experiencia política,  funda y ha realizado una serie de reproches a la prensa mexicana en general, que durante el periodo neoliberal ocultaba la corrupción, el saqueo y pillajes con información que se censuraba y autocensuraba.

 

El presidente López Obrador ha pedido “una prensa crítica, objetiva, que esté cercana al pueblo, alejada del poder, pero no sólo del poder público, del poder económico”.

 

Para López Obrador “ya no podemos seguir haciendo el mismo periodismo ni la misma política de antes; se requiere revisar bien todo esto y no enojarnos, ¿para qué nos vamos a enojar?”

 

La Cuarta Transformación, ha dicho, significa debate, análisis crítico y diálogo horizontal.

 

El mismo ha narrado un episodio que le ocurrió en carne propia cuando a un conductor que lo entrevistaba durante la campaña electoral de 2006 fue censurado a mitad de una emisión radiofónica, suponemos que se trataba de José Gutiérrez Vivó, quien perdió la concesión de Radio Red que quedó en manos de Radio Centro, en una mañosa articulación jurídica.

 

López Obrador es un conocedor profundo de los usos y costumbres de las conductas de los periodistas y de los medios de comunicación. Los conoce al dedillo, tiene a la mano muchísima información, sabe de las formas de control ejercidos a través de los embutes y las jugosas partidas de la publicidad gubernamental destinados a una élite de periodistas y periódicos; conoce de sus negocios paralelos a sus actividades de información y opinión.

 

En fin, sabe López Obrador de las debilidades del periodismo mexicano y de las precarias realidades de su parte más vulnerable, reporteras y reporteros, de quienes en gran parte de acude a las mañaneras en la posibilidad de ser receptores sus empresas de la nueva política de publicidad del gobierno de la IV.

 

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Desde Porfirio Díaz los gobiernos han sido los grandes mecenas del periodismo en México. Y es cierto lo que dice López Obrador sobre las banales conductas de la prensa. Los directores de comunicación social, desde Los Pinos o de las dependencias, acostumbraban a realizar llamadas telefónicas a los editores para sugerir, ordenar o recomendar en primera plana tal o cual información gubernamental, pedir incluso editoriales, cabezas, fotografías, su colocación a cambio de publicidad.

 

Había periódicos que de plano llegaban a intercambiar sus cabezas de “ocho” por el beneficio de la publicidad. Cada llamada incluía una gacetilla, una fotografía pagada en primera plana, desplegados en página par o impar. De ahí que el periodismo mexicano fuera tan uniforme y con pocos lectores, las devoluciones de diarios sin venta saturaban las bodegas de las empresas periodísticas.

 

Durante el gobierno de Echeverría, cuando se efectuaban sus giras al extranjero, con los cambios de horario, se paraban las prensas. Los periódicos estaban obligados a esperar que sus enviados transmitieran por los teletipos o vía telefónica, sus notas, crónicas, columnas dedicadas a la cobertura de la agenda cubierta por el presidente, con el consecuente retraso en las impresiones de los ejemplares ya muy entrada la madrugada, mientras los expendedores y voceadores esperaban pacientemente las pacas con los diarios para ser distribuidos en los puestos de periódicos.

 

Constantemente a la menor provocación, López Obrador en sus mañaneras se remite a la parte histórica del periodismo mexicano, alaba a quienes admira y se endurece cuando menciona la etapa de la dictadura de Porfirio Díaz, donde tuvo su origen la política de subordinación de los periodistas y propietarios de los diarios de esa época.

 

El Imparcial, creado a fines del siglo XIX, fue el modelo porfirista del control de la prensa en México que se fue afinando y prevaleció hasta el gobierno que terminó- por lo menos así lo declara López Obrador- en noviembre de 2018 después de más de un siglo de una política de comunicación que se aplicaba a través de subsidios, publicidad disfrazada de información o de opinión, dotaciones de papel, perdones fiscales, pagos en dación, concesiones para la operación de estaciones de radio y televisión.

 

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Aún prevalece en el medio periodístico aquella simbólica frase de José López Portillo cuando expresó “no pago para que me peguen”, refiriéndose a la publicidad oficial; un tema que aún está pendiente de discutirse abiertamente por si al nuevo gobierno de la IV le seduce actuar de la misma forma que sus antecesores: de distribuirla conforme sus criterios de interés –aliados, serviles, corre ve y dile- y no desde otro punto de vista que se refiera a que son recursos públicos o bien que el cambio sea más radical y los desaparezca para los medios de comunicación en México como fuente de sus vidas económicas y aprendan a vivir con otras fuentes de financiamiento, que no sean los provenientes del erario al que contribuyen todos los causantes del país.

 

Se entiende que los reproches y fobias que expresa López Obrador en las mañaneras tienen que ver con los agravios que sufrió en los espacios de los medios de comunicación, desde que empezó a surgir como un opositor político desde fines del siglo pasado en las filas del PRI y durante sus empeños por llegar a la presidencia.

 

En algún momento, de haber hay autocrítica es importante conocer qué  papel jugaban los periódicos y las estaciones de radio y de televisión, los agrupados por la Cámara Nacional de la Radio y la Televisión o en las asociaciones de editores nacional y de provincia, en servir de emisarios de los mensajes de quienes desde distintos ámbitos del poder político y económico se oponían a la llegada de López Obrador a la Presidencia de la República y lanzaban furiosas campañas con frases de que era “un peligro para México”.

 

Desde Porfirio Díaz se originó toda una política de subordinación a la prensa que hacía súbditos a periodistas y los medios de comunicación por la vía de la compra de conciencias. No eran sus aliados, eran sus esclavos intelectuales. Durante el periodo de Francisco I Madero, las críticas fueron feroces al grado que cuando fue sangriento golpe militar huertista, el edificio del periódico maderista Nueva Era fue quemado. Los incendiarios fueron los mismos “fifíes”, narró Juan Sánchez Azcona, los mismos vándalos que incendiaron la casa de los padres de Madero.

 

Durante más de un siglo para los propietarios de los periódicos, revistas, y después, a partir de la década de los veinte, para las empresas periodísticas y las estaciones de radio y televisión que contaban con noticiarios resultaba muy cómodo que el Estado subsidiaria a los periodistas con salarios, embutes y publicidad dado que los ingresos siempre fueron muy precarios para los trabajadores de los medios de comunicación.

 

Para enaltecer al periodismo mexicano, López Obrador ha recurrido a las figuras más emblemáticas, Francisco Zarco, Ricardo Flores Magón y Filomeno Mata para orientar inducir a los periodistas sobre el tipo de prensa que desea para la IV Transformación de la República, una prensa ideológica y política que esté de su parte. También ha exhibido a figuras como Juan José Tablada, el poeta que se prestó para denigrar a Madero redactando libelos en El Imparcial y escribió un ditirambo sobre Victoriano Huerta. La defensa social. Historia de la campaña de la División del Norte. Curiosamente ahora Lucina Jiménez, directora general del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura de la IV le tributa a Tablada una apología a “su asiduo trabajo en materia poética y periodística” en la exposición Pasajero 21. El Japón de Tablada, nada más y nada menos que en el museo de Bellas Artes. Lucina viene del mismo periodo del neoliberalismo cultural.

 

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Difícil tarea para López Obrador cuando desde el interior de su gabinete no se entiende el cambio de gobierno a un cambio de régimen. Tablada fue uno de las energúmenas plumas encaminadas a desprestigiar a Madero, contribuir a su criminalización y colocar en un pedestal a su asesino, Victoriano Huerta.

 

En el Siglo XIX el periodismo mexicano se caracterizó por ser espacio del debate político sobre el destino de la nación. Durante el largo reinado del presidencialismo omnipresente, omnímodo y omnipotente del siglo XX se despojó al periodismo del carácter político que tuvo durante el siglo XIX y aún más se convirtió en un esqueleto durante el periodo neoliberal. La experiencia de la prensa subordinada en el movimiento de 1968 y en la masacre del dos de octubre, con alguna excepción, es el ejemplo más nítido de su papel de vasallo del poder presidencial.

 

En los años del neoliberalismo se profundizó el modelo de subordinación del periodismo al sujetarlo a los términos de una libertad de prensa mercenaria atada al comercio de la información y de la opinión, y completamente distante de ese carácter ideológico que tuvo durante el siglo XIX, de una intensa lucha y debate político donde en sus espacios se debatían posiciones ideológicas entre liberales y conservadores. Hoy los periódicos no debaten ni entre ellos, siguen de mensajeros de las distintas facciones del poder político y económico.

 

¿Qué tipo de periodistas actuales pueden tener semejanzas a un Zarco, un Flores Magón o un Filomeno Mata?

 

En la dura etapa del liberalismo mexicano, el periódico El Siglo XIX, que dirigió Zarco, representó el baluarte de un periodismo político, de su libertad de expresión, que tomaba partido y debatía con los políticos conservadores enfrentados a la política del presidente Juárez.

 

Ricardo Flores Magón, quien murió en 1924 una inmunda cárcel estadunidense, combatió a la dictadura de Porfirio Díaz, fue perseguido y encarcelado. El hecho de que la figura del editor de Regeneración esté entre los símbolos de la IV Transformación de la República, simboliza el tipo de periodismo que admira López Obrador y requiere para su IV transformación, pero que durante su larga etapa de lucha política por la Presidencia  de la República no existió, aunque con algunas excepciones en el interior del país, El Tiempo de Abelardo Avendaño y Concepción Villafuerte, en Chiapas, dado el rígido control que se ejercía a través de las políticas de subordinación económica dirigidas a los medios de comunicación.

 

¿Qué tipo de periodismo depara para la IV en un mundo de una comunicación globalizada con medios mexicanos aún con miradas muy domésticas?

 

Con el Tratado de Libre Comercio de 1994 se habló de un capítulo político no declarado más que extraoficialmente, sobre la transición de la alternancia en el poder presidencial, que ocurrió en el año 2000 y atendió una de las demandas de los ultraderechistas del Grupo Santa Fe de beneficiar a la oposición más sufrida, representada por Acción Nacional, y supuestamente liberar a los medios a los medios de comunicación del control del Estado.

 

Una de las condiciones de ese capítulo político del desaparecido TLC era exterminar un tipo de prensa aliada de los gobiernos del partido fundado en 1929 y extinguir la etapa del régimen de la Revolución Mexicana. Así se observó la desaparición de periódicos como El Nacional, órgano oficial del gobierno y de periódicos de empresarios, que al cambiar el régimen fiscal les obligaba presuntamente a que cubrieran sus deudas y compromisos fiscales, y por tanto dejaron de ser redituables negocios.

 

Dadas las críticas que desde las cajas de pensamiento de la ultraderecha norteamericana, cuna de la ideología de la Casa Blanca, se hacían contra la corrupción en la prensa mexicana, el gobierno alentó la aparición de nuevos medios para aparentar que en el país existía la libertad de prensa como condición sine qua non; se trataba de acabar también con los opinadores y columnistas que tenían el fin de defender al régimen desde el propio partido en el gobierno. Les decían con ironía las “plumas del partido”, las inventaban ya que nutrían columnas y los artículos de los periódicos. Algunos de esos columnistas inventados que nunca han pisado una sala de redacción deambulan por ahí.

 

Pero eso no ocurrió. Estas “plumas del partido” siguieron siendo útiles e indispensables para conservar el control de los espacios de los medios de comunicación.

 

López Obrador ha llegado a mencionar a unos cien columnistas, parte de los cuales aparecieron en las listas del gobierno de Peña Nieto, como los beneficiados con la distribución a modo de los presupuestos de publicidad con diferentes usos y destinos, simplemente para justificarlos.

 

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Hubo un reciente Jefe de Prensa del gobierno del entonces Distrito Federal que llegó a comentar que se le pagaba a uno de esos columnistas por un portal digital que no existía.

 

Durante el salinato las oficinas de prensa supuestamente dejaron de incluir en sus nóminas a personal de las estructuras de las ediciones periodísticas, una costumbre que venía de décadas atrás. José Vasconcelos decía, cuando fue secretario de Educación, que prefería darle notitas a los reporteros que dádivas. En el salinato se inauguró un exiguo salario mínimo para los trabajadores de la prensa, supuestamente las empresas pagarían los viáticos de los reporteros acreditados en Los Pinos en los viajes presidenciales y se decretó la desaparición del organismo que dotaba de papel a los periódicos, PIPSA, y los medios pagarían sus impuestos.

 

Existía la versión que durante el periodo de Carlos Salinas como secretario de Programación y Presupuesto, el embute que era en promedio de mil pesos mensuales, nunca lo incrementó, porque supuestamente aborrecía a la prensa corrupta. Ernesto Zedillo fue del mismo estilo.

 

Pedro Aspe, el secretario de Hacienda con Salinas, le cambió las reglas fiscales a los periódicos. Los miembros de la Aedirmex, una asociación de empresas editoriales entre las que figuraba Excélsior, encabezó una inútil gestión para que los periódicos volvieran a su estado idílico fiscal, pero el cual aparentemente prevaleció posteriormente para medios que le interesaban a los gobiernos neoliberales. Hasta ahora es un secreto de Estado la parte que corresponde a las obligaciones fiscales de los medios de comunicación, si se encuadran entre las empresas a las que se perdonaban las deudas fiscales, del Seguro Social y otras obligaciones con las tesorerías.

 

Ese organismo de editores llegó a premiar a periodistas que ahora se encuadran en las menciones de López Obrador, como sus ejemplos paradigmáticos. Este organismo era el encargado de organizar las ceremonias del Día de la Libertad de Prensa que representaban renovar el culto al presidencialismo autoritario. En su libro sobre la corrupción en la prensa mexicana, el actual director de Proceso, Rafael Rodríguez Castañeda, lo cita con detalle.

 

Esta revista de cuyos contenidos se llegó a quejar López Portillo, ahora curiosamente se queja López Obrador. El pasado 26 de julio, uno de los reporteros de esta revista, Arturo Rodríguez, a propósito de una pregunta sobre la implicación del propietario de la corporación mediática, Ricardo Salinas Pliego, con la empresa FERTINAL dedicada a los fertilizantes, dado que este empresario es parte del consejo asesor del actual presidente, el tema del papel en la corrupción de la prensa salió nuevamente a la palestra en el salón de la Tesorería donde se efectúan las mañaneras.

 

El caso de la revista Proceso no es cualquiera en la prensa mexicana, se trata de la revista de la que era un dolor de muelas para los jefes de prensa. Ahora lo es para el presidente López Obrador. Dice que la revista Proceso no se ha portado bien con su gobierno.

 

El reportero lo interpeló. Le preguntó sí el papel de la prensa era portarse bien. Nuevamente López Obrador recordó que durante el periodo neoliberal al periodismo le pasó de noche el saqueo, el pillaje de los grupos de poder, aunque mencionó que “como en todo hubo honrosas excepciones”, no sabemos si en su mente apareció en algún momento Proceso, sobre todo porque el hijo del fundador de ese medio impreso es su asesor jurídico.

 

 

Probablemente en la etapa neoliberal y desde poco antes, desde el golpe Excélsior en 1976 para despojar a Julio Scherer de la dirección, hubo y existió como un medio crítico, entre esas honrosas excepciones, la revista Proceso.

 

En ese diálogo un poco ríspido entre el reportero de Proceso y el presidente, López Obrador describió el tipo de prensa que le interesa, de “buenos periodistas”- les llama así- que en la historia han apostado por las transformaciones del país.

 

Para López Obrador el país necesita de “una prensa crítica, objetiva, que esté cercana al pueblo, alejada del poder, pero no sólo del poder público, del poder económico”.

 

El dilema para el presidente López Obrador se reduce a que si realmente desea una prensa crítica, ser espacio de grandes debates, o si solamente busca que transite de una subordinación a otra, a una nueva servidumbre donde la crítica sea a modo y entendida con la IV Transformación de la República.

 

Lo deseable es que el nuevo periodismo critique, opine, abra debates, coincida y no solamente sus empresas estén pendientes de las mañaneras y a la espera de ser beneficiadas de la publicidad gubernamental que diseñe López Obrador. Y nuevamente se repita la misma historia neoliberal de medios serviles, como le dijo un reportero a López Obrador en esas mañaneras.

 

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