Regaña Francisco a la clase política y a la jerarquía eclesiástica mexicanas

  • Señala a los privilegios de unos cuantos como fuente de la  corrupción, la exclusión social, la violencia y el narcotráfico
  • La crítica alcanzó a la izquierda atea guadalupana

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Por Susana Sánchez, corresponsal, Especial para TE, el Diario de la Tercera Edad.-En la víspera de la llegada del Jefe del Estado del Vaticano, una humilde trabajadora de limpieza de los edificios públicos que rodean el zócalo dela Ciudad de México no esperaba asistir a la multitudinaria recepción. Ella realmente pensaba que el gasto dedicado  con ese motivo, al que están en contra la mayoría de los mexicanos según una encuesta, se dedicara a dar trabajo a los jóvenes, en un país donde ser joven es un peligro constante.

 Las recientes desapariciones de cinco jóvenes en Veracruz y de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa en septiembre de 2014 ilustran los peligros de ser joven en México.

Los jóvenes fueron uno de los temas dedicados en su discurso por Jorge Mario Bergoglio investido como el Papa Francisco en su alocución en Palacio Nacional frente a una selecta audiencia formada por servidores públicos, legisladores, dirigentes políticos y sus familiares.

En el marco de ese discurso, en el año de la “misericordia”,  el primer Papa de origen  latinoamericano de 79 años,  nacido en Buenos Aires, una persona adulta mayor, abogó por una política que  beneficie a los jóvenes, les dé certidumbre en su vida futura.   Sin embargo, esa mañana del sábado 13 de febrero fue de malas noticias para los jóvenes. En Sinaloa, un estado ahogado por la violencia, el diario El Debate reportaba el asesinato de 13 personas entre ellas tres mujeres, la mayoría jóvenes.

Derivado de un país donde los jóvenes no parecen tener futuro, el Papa Francisco juzgó duramente en la sede histórica del poder público mexicano,  a la clase política mexicana formada por gobernadores, funcionarios públicos, líderes políticos, legisladores a quienes responsabilizó de esa incierta condición de porvenir para los jóvenes mexicanos en un país donde los privilegios de unos cuantos -señalados por Bergoglio-  son la fuente de la  corrupción, la exclusión social, la violencia,  el narcotráfico, el secuestro, el tráfico de personas y la muerte.

La clase política mexicana tiene fama  de indolente, abúlica, superficial, banal, frívola  y ajena a los malestares sociales y sufrimientos de la población mayoritaria. Los periodistas extranjeros se sorprenden de escuchar a los políticos mexicanos hablar en contra de la corrupción y vivir con visibles ostentación de lujos y excesos, con residencias en el Estados Unidos o en Europa. Un presidente mexicano llegó a llamar a México “país de cínicos” en referencia a esos políticos.

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El regaño del Papa Francisco, sin embargo, pasó de noche. En México hay un dicho popular de hacer como que la “virgen le habla” pero sin escucharla. Eso ocurrió la mañana del sábado 13 de febrero, un día antes del Día de la Amistad, cuando Bergoglio responsabilizó a esa clase política encabezada desde el presidente de la República de la corrupción, la violencia y el narcotráfico que envuelve y nubla la vida  en el país de la “madre de todos los mexicanos”, representada por la virgen descubierta en el cerro del Tepeyac por el indio Juan Diego, ya canonizado, dentro de la cruzada evangélica emprendida dentro de la colonización española a partir del siglo XVI para que los indígenas destruyeran a sus ídolos.

El regaño del  Papa Francisco caló poco profundo, algunos medios de comunicación mexicanos y extranjeros recogieron ese tono discursivo más reflexivo  que temperamental, que guardó y conservó la tradición diplomática vaticana de pegar duro sin alzar la voz. Fue una llamada de atención  que incluso  alcanzó a la clase política mexicana  de izquierda a los que llegó a llamar “ateos guadalupanos”, entre los que se encontraba Jesús Zambrano, antiguo guerrillero marxista  en su calidad de presidente de la Cámara de Diputados y el gobernador Graco Ramírez, del vecino estado de Morelos, un estado mexicano sumido en la violencia por los asesinatos y secuestros adjudicados a organizaciones criminales a las que no se han podido detener.

Hoy los espacios guadalupanos, lo mismo son compartidos por los priistas en el poder presidencial que los panistas, de un partido de antiguas raíces católicas. Un extinto dirigente de izquierda, Heberto Castillo, llegó a auto llamarse “marxista guadalupano” para justificar sus acercamientos con las tradiciones católicas mexicanas.

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La jornada de visitas del Papa Francisco a México en estos primeros días se caracterizaron por develar la situación social de México que oscila entre la gran  pobreza y los privilegios de nos cuantos que dominan el poder económico y político en el país.

En una multitudinaria ceremonia eclesiástica efectuada en el municipio de Ecatepec del estado de México, donde la miseria está a flor de piel con las estadísticas más altas de homicidios de mujeres, ubicado al norte de la capital mexicana, fue notorio la presencia de un líder eclesiástico que se ganó la fama de cínico al confesar su riqueza y ser aliado de potentados económicos.

Entre la grey instalada en un terreno de nominado El Caracol, donde el Papa Francisco ofreció una misa en Ecatepec, ahí se encontraba  Onésimo Zepeda, un jerarca religioso burlón que en referencia a los 43 estudiantes de Ayotzinapa decía que “si ya desaparecieron, ya desaparecieron” y que “el estado laico es una jalada” en referencia a un país donde el conflicto entre el Estado y la Iglesia de Roma llegó a sangrientos choques entre 1926 y 1929, en la llamada  “guerra cristera”.

A Onésimo, el Papa Francisco dedicó un largo discurso en la Catedral metropolitana de la capital mexicana. Acusó a la alta jerarquía eclesiástica por estar de espaldas y divorciada de las penalidades que sufre la población mexicana   por los  tres jinetes del apocalipsis mexicano, la corrupción, la violencia y el narcotráfico. Los instó a salir a la calle, dejar sus lujos, recuperar su calidad de misioneros guadalupanos, vivir en la  transparencia ante sus fieles. A Onésimo se le señala por ser uno de los jerarcas religiosos más ricos del país.

Sin embargo, pocos oídos prestaron atención a los discursos del Jefe del Estado Vaticano. En Palacio Nacional, los servidores públicos y sus familias, convertida en una eufórica feligresía,  pretendieron convertir en templo esa instancia del ejecutivo federal al pedir a gritos la bendición de Jorge Bergoglio, mientras en que en la Catedral los arzobispos y obispos permanecieron  inmutables al escuchar los reclamos de su jefe superior.

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Pocos servidores públicos conservaron una actitud mesurada en Palacio Nacional, entre ellos el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, en contraste con la emocionada secretaria de Relaciones Exteriores, Claudia Ruiz Massieu, quien forma parte de una de las poderosas dinastías políticas familiares mexicanas.

Con discursos de alto contenido social, político e ideológico, el Papa Francisco  puso énfasis en la situación de abandono que vive la población del país, secuestrada por la corrupción y violencia y el enriquecimiento de unos pocos.

Los Papas han influido en cambios políticos en México. En el siglo pasado las visitas de Karol Wottyla, un Papa de origen polaco, provocaron cambios en la Constitución mexicana. En 1992, el Estado Mexicano reanudó sus relaciones con el Estado Vaticano,  se reconoció la personalidad jurídica de las iglesias, la educación confesional que impartían centros educativos, desde la primera enseñanza hasta la universidad y se otorgó  el derecho al voto de los miembros de las iglesias.

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La visita del Papa Francisco se realiza en medio del desplome de los precios del petróleo mexicano, el alza del dólar y el sensible aumento de los precios de los productos básicos que son el alimento cotidiano de las  familias mexicanas de medianos y bajos recursos, la tortilla que he llegado a costar 16 pesos el kilogramo, mientras gobernadores como el del Estado de México, Erubiel Ávila, del Estado de México que pretende ser presidente de la República  y el de Chiapas, Manuel Velasco Cuello, caracterizado por su pública frivolidad,  intentan maquillar la dolorosa miseria de sus gobernados, los más pobres.

Las sinuosas y vanidosas  clases políticas mexicana y eclesiástica interpretan los discursos del Papa latinoamericano a su modo con sus comentaristas en los medios de comunicación,  sin reconocerse como sus destinatarios.  No se sienten aludidas. Confían en que la visita de Bergoglio y sus discursos no pasan de ser mera retórica guadalupana,  efímera a pesar de las multitudinarias audiencias que la escucharon y se los lleve rápidamente  el viento, como el que eventualmente limpia la atmósfera del valle de México cuando llega a alcanzar altos niveles de ozono,  para continuar con el viejo discurso mexicano de “cambiar para seguir igual”.

Faltan tres discursos incómodos del Papa Francisco, el de San Cristóbal las Casas,  Morelia y Ciudad Juárez, son oportunidades para que sea escuchado. Sin embargo, ha dicho una investigadora universitaria, Marta Eugenia García Ugarte, académica del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) de la UNAM, el reto de Bergoglio   será responder y satisfacer con sus actos las demandas de gente que piensa en “él como un liberador moderno, responsable y comprometido con las causas justas”.

Un reto formidable en un país donde los políticos, los miembros de la alta jerarquía eclesiástica y los poderosos ricos no escuchan, “resbalan”-una típica palabra mexicana- todo aquello que se les reproche, sobre todo cuando se trata de repartir, redistribuir  la riqueza.