En “el territorio libre de Coyoacán”, un pilar y pulmón cultural en la CDMX

 

  • Díaz Enciso espera que el gobierno de Claudia Sheinbaum Pardo, una científica universitaria, no caiga ni se encierre en los claustros de las burocracias que la han antecedido en la administración de la capital del país y mantenga la vida de este pionero pilar social y cultural de la ciudad para que siga cumpliendo con su misión de darle oxígeno a la comunidad de Los Pedregales de Santo Domingo

 

Foto: T E

 

Susana Sánchez.- Es una tarde soleada y sin sombras de amenazas de lluvia. En el corazón de Los Pedregales, en el llamado “territorio libre de Coyoacán”, en medio de una caprichosa y barroca arquitectura de autoconstrucción, la tarde del 1 de septiembre de 2019, en el contexto de un país gobernado por la IV Transformación de la República, que no es un cambio de gobierno sino de régimen, un numeroso grupo de vecinos celebraba festivamente lo que sería “un megapachangón” con motivo de un aniversario más de la fundación de esa colonia del sur de la Ciudad de México.

 

Los Pedregales de Santo Domingo surgieron de la ocupación popular el primero de septiembre de hace 48 años, de una zona del sur de la capital mexicana. “En ese 1971, el primero de septiembre se inició la invasión del Pedregal de Santo Domingo”, escribió la novelista Elena Poniatowska en junio de 2003.

 

“En tres días llegaron 10 mil familias-citó Poniatowska- el equivalente a 100 mil hombres, mujeres, niños y ancianos. Cada lote de 100, de 120, de 200 y de 500 metros cuadrados eran de pura lava. Por encima de los cerros de piedra, los colonos brincaban como cabras. Acarreaban el agua con burros, con aguantadores (dos latas de aceite y un palo atravesado sobre los hombros); dormían en petates, en el suelo, sobre el piso de tierra; entre las grietas de las rocas instalaron sus fosas sépticas”.

 

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Parte de esos ocupantes de 1971, un numeroso grupo de vecinos se aglutinaba en la calle de Canacuate donde se encuentra su Escuela Centro de Artes y Oficios Emiliano Zapata, un singular proyecto educativo y cultural, que nació para dar respuesta a las urgentes necesidades de cohesión social de una población migrante de diversos estados del país, donde lo mismo han encontrado un comedor, un consultorio médico que talleres para la formación de jóvenes en diversos oficios y en el cultivo de las expresiones del arte, de la literatura y de la poesía.

 

Esta singular escuela de fuertes raíces en la comunidad de Los Pedregales de Santo Domingo, una zona que hace cerca de medio siglo era un área inhabitable por su tosca y agresiva geografía volcánica, pegada a los terrenos de la Universidad Nacional Autónoma de México, ha enfrentado difíciles etapas de sobrevivencia.

 

Este proyecto cultural, a pesar de sus obstáculos, lo encabeza Fernando Díaz Enciso, un activista social que estudió en el Politécnico, autor de esa declaración de hacer de Los Pedregales un “territorio libre de Coyoacán” frente las omisiones, prejuicios y abulia de la alcaldía de Coyoacán gobernada por un exfutbolista.

 

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Díaz Enciso espera que el gobierno de Claudia Sheinbaum Pardo, una científica universitaria, no caiga ni se encierre en los claustros de las burocracias que la han antecedido en la administración de la capital del país y mantenga la vida de este pionero pilar social y cultural de la ciudad para que siga cumpliendo con su misión de darle oxígeno a la comunidad de Los Pedregales de Santo Domingo.

 

A un reportero de un periódico local, Díaz Enciso le dijo que con ese festejo reafirmaba su sentido “de comunidad y pertenencia identitaria”.

 

En 2014 casi cierra por la falta de recursos, un centro cultural que ha hecho frente a la compleja problemática urbana de la zona donde permean los delitos calificados de alto riesgo o impacto para la vida comunitaria, como el narcomenudeo y la consiguiente drogadicción.

 

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La Escuela Emiliano Zapata es un pulmón cultural en esa zona del sur de la Ciudad de México de fuertes y agresivos contrastes sociales como es Coyoacán, donde lo mismo coinciden los pueblos de La Candelaria y Los Reyes donde se cultivan los cultos a las imágenes del sincretismo colonial con lo prehispánico, usos y costumbres de siglos, hasta las zonas aristocráticas del Centro Histórico de Coyoacán donde sus vecinos enfrentan los desafíos de las violaciones fragrantes y permanentes a los usos del suelo.

 

Ese centro cultural donde ha transitado Daniel Manrique el magnífico artista plástico del Arte Acá iniciado en el barrio de Tepito y la escritora Elena Poniatowska, ha sido el foco de atención de estudiosos de fuera del país sobre este único fenómeno social cultural del país.

 

Su origen seguramente se encuentra en un modesto proyecto iniciado en las calles de Doctor Vértiz, en la colonia Narvarte, donde Fernando Díaz Enciso en los años finales de los sesenta después del movimiento estudiantil de 1968, instaló en una accesoria un centro cultural llamado Tepochcalli, donde confluyeron la inolvidable cantante Amparo Ochoa, el grabador José Guadalupe Castro, el poeta Jorge Luis Sáinz y el cineasta Gabriel Beristáin. En ese sitio de leían los textos poéticos de Miguel Hernández, Federico García Lorca, César Vallejo, de Pablo Neruda, su gran poema “pido castigo”, que hacía referencia a la masacre de trabajadores chilenos en 1943 y se recuperaba para hacer referencia a la matanza de estudiantes del 2 de octubre de 1968.

 

Ese domingo primero de septiembre, cerca de las 17 horas, los pacientes espectadores observan a un grupo de chinas oaxaqueñas danzar en una tarima los bailes de todas las regiones de Oaxaca, de sus valles centrales, de la alta mixteca, de sus costas. Una banda de músicos tradicionales los ameniza.

 

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Esa tarde dominguera, vecinos de Los Pedregales, la mayoría personas mayores, después de su paciente espera, disfrutan la presentación de La Guelaguetza, con todos sus vistosos colores, cuadros de mujeres que bailaban los diferentes ritmos de uno de los estados mexicanos de mayor riqueza cultural como es Oaxaca, la tierra de María Sabina, la de los “honguitos”, del tequio, de los usos y costumbres que se practican en parte de sus 570 municipios.

 

En ese peculiar inmueble de tres pisos se encuentra una leyenda Centro de Artes y Oficios Unión de Colonos de Santo Domingo A.C. Desde su entrada se observa el mural de Daniel Manrique y la imagen de Amparo Ochoa.

 

Esa tarde, se decide que los integrantes de los bailables den una vuelta por las calles aledañas al Centro Emiliano Zapata, La Calenda, le dicen. Los vecinos se asoman por las ventanas de las rústicas construcciones, les rompe sus monotonías domingueras. Presurosos no se pierden detalle, se asoman niños, personas mayores, mujeres, sonríen junto con sus mascotas, al paso de La Calenda con su música y bailes.

 

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Sobre esa misma calle de Cicalco se ha instalado una librería donde se ofrecen diversos títulos a 20 pesos, literatura a la que asoman los vecinos, títulos como de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, el Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, tinieblas que no son las de la llamada “Escuelita” del sur de la Ciudad de México.

 

Al reportero del diario capitalino, Díaz Enciso le comentó que el “megapachangón”, incluyó la además de la Guelaguetza, una muestra de libros intercambiables, lecturas en voz alta, mesas redondas, tequios y el primer Encuentro de Cuentos de Santo Domingo, en una zona que nació en septiembre de 1971, escenario de una de las mayores ocupaciones de tierras ante la ausencia de respuesta oficial para atender las demandas de vivienda de los pobres y más pobres migrantes de la capital mexicana.

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